Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

Feria de Manizales - Programa

Escrito por smpmanizales 02-01-2011 en General. Comentarios (0)

Feria de Manizales

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Programación para la Feria de Manizales, en:

http://www.manizales.unal.edu.co/samoga/feria-mzls2011.pdf


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EL ÚLTIMO CAFÉ

Escrito por smpmanizales 02-01-2011 en General. Comentarios (0)

 

Por Carlos A. Valencia O.

 

EL ÚLTIMO CAFÉ (266)

 

Sara Yésica Márquez no se podía explicar por qué el muchacho aquel la había impactado tanto.  No era como los tipos de la “High Life” con los que ella estaba acotumbrada a tratar.  Este no era alto, ni musculoso, ni bien plantado, ni atlético.  Un muchacho común y corriente “tirando a feo” según sus cánones, sin ningún atractivo físico especial.  En realidad tampoco era un “descachalandrado”, no estaba mal vestido ni descuidado en su apariencia.  Era un tipo del montón.

 

Ese día en el banco, haciendo fila para cobrar un cheque, éste se le cayó al piso y el muchacho del cuento, quien estaba delante de ella, se apresuró a recogerlo y a entregárselo.  Ella se apresuró a agradecerle su gesto de buena educación.  Él sólo respondió con cinco palabras: “Es con mucho gusto, señorita”.  No dijo más, no entabló conversación alguna con ella, siguió en la fila como si nada y ambos se perdieron posteriormente cada cual por su camino.  Lo que sí la dejó impresionada de esa primera oportunidad fue el timbre de la voz del muchacho, una voz distinta a todas, una voz varonil, gentil y atractiva.  Esa impresión le duró como un cuarto de hora hasta que llegó a la casa.

 

Dos días más tarde tuvo que volver al mismo banco y ahí estaba ese mismo muchacho, el que ella consideraba sin atractivos especiales, quien hacía cola detrás de ella.  Por un impulso raro, puesto que Sara Yésica  no era muy dada a entablar conversación con extraños, le dirigió la palabra:

 

-        Bueno días, señor.  ¿Cómo que nos contrataron para encontrarnos en el mismo sitio?

-        Sí…. Y a la misma hora.  ¡Qué coincidencia ¿no?!

 

Quiso seguir hablando con él pero su recato no se lo permitió aunque sentía un extraño deseo de oir nuevamente su voz.   Pero… no.  Era mejor dejar las cosas así.  Llegó a su casa, guardó el Mercedes Benz en el garaje, subió a su alcoba, tiró su bolso de mano sobre  una silla, se sentó en su cama y durante un buen rato estuvo alelada mirando hacia la ventana pensando en aquello de… “Sí…. Y a la misma hora. ¡Qué coincidencia ¿no?!”

 

“¿Qué me está pasando… será que me estoy embobando… o me estoy enamorando? ¡Noooo… qué va!  Son muchos lo que me han pretendido.  La verdad es que han sido tipos lindos, especiales pero no inspiran nada de nada.  Muy superficiales.  ¿Será que soy muy exigente?  Ya tengo 23 años y no quiero quedarme solterona.  Pero ninguno ha llenado mis expectativas.  ¿Será que este es el indicado? ¡Noooo… qué va… “Le falta mucho pelo pal moño!”

 

Sara Yésica tenía razón de “pincharse” (hacerse rogar) con sus pretendientes porque poseía mucho para entregarse a cualquier hombre: su familia tenía dinero, un par de fincas, dos almacenes, dos automóviles, acciones en la bolsa de valores y ella había recibido una educación universitaria, había estudiado Finanzas, porque algún día su padre la haría cargo de sus negocios, como hija única y heredera universal.  Estaba segura que si resolvía casarse sus padres “no la iban a dejar tirada en el pavimento de la vida” y saldría de su casa para su nuevo hogar muy bien empacada, blindada económicamente. ¿Pero con quién casarse?  Le preocupaba aquello de “quien mucho escoge lo peor se lleva”.

 

Desde que tenía 18 añitos estaba escogiendo, mirando aquí y allá, calculando riesgos, estudiando actitudes, posibilidades, desechando propuestas inclusive algunas como modelo de casas de moda, cosa que no le pasó por la mente.  Tenía cuerpo, cara, estilo, sabía lo que tenía y se sentía satisfecha con el balance.  Ella sabía que era vanidosa y exigente pero a pesar de todo siempre había soñado en formar un hogar.  ¿Pero con quién?

 

A la semana siguiente tuvo que volver al mismo banco y adivinen ustedes qué: lo que adivinaron… ahí estaba el hombrecito “insignificante” (para Sara) revisando papeles y alistando una consignación.  Ella cobró su dinero y empezó a contarlo despacio, muy despacio, un poco lejos de la caja. “quemando tiempo“ para que el desconocido aquel pasase por su lado, para poder verlo más de cerca y quizás armar una conversación.  Se demoró como diez minutos contando y recontando  los billetes, mirando de reojo hacia la caja en la cual iba a consignar el muchacho ese.  Cuando él terminó su transacción, ella hizo como que se chocaba con él en un ávido deseo de armar charla:

 

-        Perdón señorita… ¡Qué pena con usted… casi la tumbo!

-        No es nada señor.  No se preocupe.

 

Volvió a gustarle el timbre de su voz y ya no lo vió tan feo ni tan insignificante. (“¿Qué te está pasando Sara con este tipo… te estás embobando… no ves que este hombre “no le dá a los jarretes” a Pedro Schrimaglia, el hijo de Ricardo Schrimaglia el Gerente y Propietario  de “Schrimaglia, Molina & Compañía” distribuidores de maquinaria pesada para Suramérica?)  Pero la curiosidad resultó más fuerte que sus conveniencias sociales y financieras.  Tenía que averiguar por qué este tipo la tenía tan intrigada, así que dejó su orgullo a un lado “y se tiró al ruedo”:

 

-        Perdóneme señor, pero con esta ya son tres veces que nos hemos encontrado en este mismo banco.  Excuse mi atrevimiento pero por casualidad usted maneja sus cuentas  en esta institución bancaria?

-        Qué le digo, señorita… sí y no.

-        Dispongo de un poco de tiempo y espero que usted también.  ¿Qué le parece si tomamos una taza de café aquí en la cafetería a continuación del banco?

-        Esteeee… bueno… ¿por qué no?

 

Y a la cafetería fueron a parar.  Sara lo detalló muy bien. (“¡Viéndolo así de cerca no está nada mal!  Por su ropa se ve que no es propiamente un Gerente Ejecutivo, esa ropa no es de marca, pero no se le ve nada mal, sabe llevarla.  ¡Pero esa voz, por Dios, me suena bien, pero muy bien)”

 

-        ¿Cuál es su nombre?

-        ¡Ahhh… me llamo Marco Antonio García. ¿Y usted, señorita?

-        Mi nombre es Sara Yésica Márquez de la Frontenac.

-        ¿Algo así como francés?

-        Si, el abuelo por parte de mi madre vino de Francia y murió aquí hace 8 años.  ¿Puedo llamarlo Marco Antonio?

-        ¡Claro! No hay ningún inconveniente.

-        Pero vamos a lo que le iba a preguntar: usted me dijo que tiene cuentas en este banco ¿cierto?

-        Cierto.  Pero no es lo que usted se imagina.  Todos los días tengo que consignar dinero de la compañía con la que trabajo de mensajero Sanderson, Mejía & compañía, negocios de café, tienen oficinas en varias ciudades del país.  Lo de ellos es mucho dinero diario que debo consignar en este y otros bancos.  Personalmente sólo tengo una pequeña cuenta de Ahorros que no sube más allá de los 20mil pesos.  Es que con el sueldo que tengo no me alcanza para ahorrar.

 

(¡Ahhh… ¿así que el hombre es pobre? ¡Es un empleadito… qué decepción!  Creí que el dinero que consignaba era suyo y que podría ser una buena elección.)

 

No obstante pasaron un rato charlando al calor de un par de tazas de café.  Fue una conversación intrascendente que no tuvo implicaciones para ninguno de los dos.  Quizás la afectó más a ella que a él porque era muy probable que se estuviera haciendo ilusiones con el prospecto equivocado.  Él simplemente le dijo inocente y honradamente quién era y lo que hacía.  No se le pasó por la mente la iniciación de algún romance.  Pero Sara extrañamente seguía impresionada con el timbre de su voz.  Era algo que ninguno de sus pretendientes poseía.

 

Así pasaron dos meses de una relación extraña, para ella como si estuviese caminando por el filo de una navaja pero para él algo normal de una señorita que era amable con él, algo así como un amor platónico.  Lo único que perturbaba a Sara era el timbre de la voz del hombrecito ese. ¿Quién iba a decirle que esa voz transformara la curiosidad en cierto afecto?  Y a ratos no sabía ni dónde estaba parada y si eso era amor o no.

 

Con el tiempo Marco Antonio tampoco resultó inmune a su belleza y a su porte.  Tendría que ser de lata o de cemento armado para no sentirse atraído hacia semejante monumento de mujer.  Pero un vocesita interior le decía a Marco Antonio que esta relación no le convenía.  Era mucha la distancia entre  su casa de estrato 3 y la de ella de estrato super 7, con carro, dinero y amistades de “dedo parado”, club, vestidos de marca y educación universitaria.

 

¿Qué podría ofrecerle: una casa humilde, un sueldo bajo, unas amistades con olor a sudor, a fritanga, viajes en bus? Eso no era para ella y no era justo tampoco dejar que se encaprichara con él, así que decidió poner las cosas en su sitio y la llamó para pedirle una cita:

 

-        Hola Sara.  ¿Sería posible que nos encontráramos a las cinco en la Cafetería Brunis?

-        ¡Claro Marco Antonio: allí estaré!

 

Automáticamente ella coligió que el hombre ya estaba maduro para una declaración de amor.  ¿Estaría ella dispuesta a una respuesta positiva?  La indecisión la torturaba porque no estaba segura de sus sentimientos.  Era una situación difícil para ella. Y como en cualquier telenovela desabrida llovía, lo que no impidió que se encontraran en Brunis.  Pidieron las acostumbradas tazas de café:

 

-        ¿Para qué me necesitas, Marco Antonio?

-        No tengo mucho para decirte, Sara.  Sabes que no soy muy bueno para expresarme, quiero decírtelo con una canción, un tango.

-        ¿Es que vas a cantar o qué?

-        Nooo… yo no soy tan bueno para cantar.  Sólo quiero que escuches con atención la letra de ese tango y ahí encontrarás la respuesta a nuestro encuentro de hoy.  Te aseguro que después que lo escuches ya no tendremos que hablar más.

-        ¿Y eso por qué?

-        Porque en la letra está dicho todo lo que tengo que decirte.

-        ¿No te parece algo extraño?

-        ¡Claro que es extraño que recurra  a un viejo cantante de música porteña, siempre me han gustado los tangos, para expresar lo que quiero.  Permíteme un momento.

 

Marco Antonio se levantó de la mesa en la que humeaban dos tazas de café, fue hasta la radiola, introdujo una moneda en la ranura y puso a sonar la linda y varonil voz de Hugo del Carril:

 

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO CAFÉ

 

Tango

AUTORES:  Héctor L. Stamponi  - C. Castillo

 

CANTA:  Hugo del Carril

 

                                   Llega tu recuerdo en torbellino

                                   Vuelve el otoño a atardecer

                                   Miro la garúa y mientras miro

                                   Gira la cuchara de café

 

                                               El último café

                                               Que tus labios cumplían

                                               Vinieron esa vez

                                               Con la voz de un suspiro

 

                                                           Recuerdo tu desdén

                                                           Te evoco sin razón

                                                           Te escucho sin que estés

 

                                                           Lo nuestro terminó

                                                           Dijiste en un adiós

                                                           De azúcar y de hiel

 

                                                           Lo mismo que el café

                                                           El amor, el olvido

                                                           El vértigo final

                                                           De un rencor sin por qué

 

                                               Y allí con tu impiedad

                                               Me ví morir de pié

                                               Medí tu vanidad

 

                                   Entonces comprendí

                                   Mi soledad sin para qué

                                   Llovía y te ofrecí

                                   El último café

 

                                   (bis)  Lo mismo que el café....

 

Cuando terminó de sonar el disco. Sara se enfrentó a Marco Antonio:

 

-        ¿Y ese tango qué tiene que ver con nuestra amistad?

-        ¡TODO!  Si no te has dado cuenta, y tú eres una mujer muy inteligente, hemos estado viviendo un sueño imposible.  Todo nos separa, nada nos une.  Somos como el agua y el aceite, así que antes que lloremos una decepción es mejor una separación amistosa.  ¿No te parece?

 

Quedó pensativa por unos minutos pero reconoció que el muchacho tenía razón, aunque quiso decirle que las cosas podrían arreglarse, que hicieran un intento, que se tomaran un tiempo.  Pero dejó su corazón a un lado y le metió cerebro a la cosa y reconoció que era mejor dejar las cosas así antes que se convirtieran en un problema serio.  Duro reconocerlo pero era la verdad.  (¡Lástima… es un buen muchacho.  Tiene una linda voz y es sincero y honrado!”)

 

-        Bueno Marco Antonio: si así lo quieres, que así sea.  ¡Adiós!

 

Ella subió a su Mercedes Benz último modelo, él esperó la próxima buseta que lo dejaba en la esquina de su casa y sin remordimientos pero con una pequeña espina en su corazón, se fue al lado de los suyos.

 

Epílogo.  No todas las historias de amor tienen un final felíz.  Hay algunas que se ajustan a la cruda realidad y ésta fue una de esas. ¡Qué se le va a hacer… así es la vida!

 

NOS VIMOS.

RETOS AMBIENTALES EN EL EJE CAFETERO

Escrito por smpmanizales 01-01-2011 en General. Comentarios (0)
Gonzalo Duque Escobar *

Educación para consolidar un medio ambiente compatible con la cultura y ecológicamente sólido, es uno de los retos estratégicos para la ecorregión del Eje Cafetero, un territorio mediterráneo que comparten varias Corporaciones Regionales Autónomas. Allí aparecen Armenia, Manizales y Pereira como núcleos urbanos que generan una enorme proporción del producto interno bruto PIB regional de los departamentos de Caldas, Risaralda y Quindío, concentración que se explica por la baja productividad de su sector rural, donde tierra y algo de trabajo son los factores de producción dominantes, ya que capital y conocimiento no pesan para la producción rural. A modo de ilustración, mientras el potencial de productividad de una hectárea del valle del Magdalena Medio es 50 veces el de una hectárea promedio de los Llanos Orientales, la productividad efectiva de las fértiles tierras de La Dorada llega al 50%.

Y estando mal en el vasto territorio de la fértil ecorregión de la rubiácea porque el campesino trabaja el triple para percibir 1/3 del ingreso urbano, cada capital cafetera que en materia del PIB lo hace casi todo vive su propio drama buscando desarrollar sus fuerzas productivas, sin advertir que la estructura del empleo ha cambiado para exigir competencias intelectuales y sociales a una población que requiere incrementar la formación a nivel profesional y tecnológico, y sin articular las ventajas naturales y culturales de su valioso patrimonio, ni complementar sus economías urbanas. Aunque Quindío algo ha logrado al integrar sus municipios en un proyecto turístico que lo convierte en el segundo destino del país, contrariamente Pereira que puede sacar mayores ventajas de su posición geoestratégica apuntándole al comercio y Manizales que debe recobrar su brújula industrial apoyada por la academia, como centros de poder mantienen desarticulados los territorios y no lo ordenan para funcionar como ciudad región frente a Cali y Medellín.

Tras la hecatombe invernal, una lección que queda es la de la falta de bosques para mitigar el impacto de un calentamiento global, donde se reconoce que este es el verdadero desastre que contribuye a alterar El Niño y La Niña como fenómeno natural dual que causa sequías e inundaciones, al exacerbar el clima bimodal de la región andina colombiana. Ahora, para adaptarnos a estas amenazas sin comprometer un desarrollo sostenible, entonces se tendrá que avanzar en el ordenamiento de las cuencas en la ecorregión y emprender una reconstrucción con las acciones más importantes asociadas a la gestión del riesgo, entendiendo que la viabilidad de semejante tarea supone dos acciones fundamentales: primero, una revolución educativa para la reconversión productiva rural, y segundo, el desarrollo de la identidad cultural para asegurar la sostenibilidad ambiental de la ecorregión cafetera.

En cuanto a la revolución educativa, la problemática socioambiental de la ecorregión como territorio fundamentalmente rural exige un desarrollo educativo para cerrar la brecha de productividad del sector agropecuario, aplicando modelos de producción limpia. Sabemos que el modelo agrario colombiano ha sido un fracaso no propiamente por falta de apoyo del Estado, sino porque en vez de incorporar políticas e instrumentos de ciencia y tecnología para incrementar la productividad, siempre ha entrado a subsidiar la ineficiencia. Entonces, la solución del problema que ha de enfrentarse para la estabilización de las cuencas actuando con una reconversión apoyada en tecnologías verdes y saneamiento básico, empieza por elevar el nivel de escolaridad de nuestros campesinos que en promedio es de solo 4 años para que puedan asimilar los paquetes tecnológicos y financieros sin repetir la historia de una revolución verde que desruralizó la patria.

Y en lo del desarrollo de la identidad cultural, la ecorregión debe incorporar saberes y tradiciones para generar bienes y servicios culturales, pues se trata de un territorio biodiverso y pluricultural que requiere resignificar y reelaborar el conjunto de símbolos y valores de su patrimonio natural y cultural para incluir a productores rurales y artesanos: en la Alta Cordillera entre San Félix y Roncesvalles, los símbolos de la identidad se relacionan con el pasillo, el páramo, el bahareque de tabla, el sombrero aguadeño, la ruana de Marulanda y la Palma de Cera; en el Magdalena Centro, con la navegación por el Magdalena, la Expedición Botánica, el rancho de hamacas y la subienda de nicuros, bagres y bocachicos; en Marmato, Quinchía, Supía y Riosucio, con la cultura indígena de las comunidades Embera y Umbra, y con la minería del oro enriquecida por el aporte de las comunidades afrodescendientes: existe más novela y poesía en el oro que en el café de esta zona cafetalera que va desde Neira hasta el sur del Quindío.

*Profesor de la UN de Colombia, http://galeon.com/gonzaloduquee La Patria 03-01-2011