Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

¡QUÉ SUERTE LA MÍA!

Por Carlos A. Valencia O.

 

¡QUÉ SUERTE LA MÍA! (330)

 

Compró un billete de la lotería marcado con el número 0973 de la serie 76 y en él puso todas sus esperanzas más las de su familia y hasta las de sus buenos amigos.  Si se ganaba el premio mayor cuántas cosas no haría: primero pagaría la hipoteca de la casa, compraría una finquita en tierra caliente para criar ovejas, cerdos y gallinas.

 

Naturalmente que primero pagaría sus deudas y cambiaría su viejo automóvil modelo 1974 por un último modelo.  Por su viejo cacharro le darían unos cuatro millones de pesos y eso que bien pagado y esa plata se la daría a su hermano Julián que “estaba en la miserable olla” para que se saliera de algunas deudas.

 

¿Y qué tal la fiesta para su hijita Nydia Soley quien cumpliría 15 hermosos añitos dentro de dos meses?  Tiraría la casa por la ventana, pondría a sus tres hijos y a su mujer a estrenar “chiros” nuevos.  Nada de ropa de cargazón comprada en las galerías y bajada con vara.  Ropa de marca, Papá, con etiqueta y todo.  Y el computador que estaba sacando la mano ¿qué?  Pues ese lo cambiaría por un Toshiba de última generación, con jijuemil gigas en ram y con todos los juguetes: programas habidos y por haber.  Nada de segundazos: eso era para los pobres y él iba a ser un hombre con más de docemil millones de pesos.  Eso era mucha plata para él acostumbrado a recibir mensualmente la bicoca de $843.362 con 16 centavos luego de los descuentos de ley.  Pero a partir del próximo viernes que es el sorteo de esa lotería, o mejor el sábado cuando se sepa el resultado, las cosas van a ser distintas… ¡Sí señor!

 

Guardó el billete cuidadosamente en la gaveta de su escritorio.  Lo consideraba una posesión demasiado valiosa como para exponerse a perderla.  Además, no se lo había contado ni a su esposa, ni a sus  hijos ni a nadie.  Tenía que ser una sorpresa eso de volverse rico de la noche a la mañana.  Ya llegaría el momento de disfrutar, pero por ahora silencio, un silencio absoluto sobre el particular.

 

Esa noche del jueves y la siguiente del viernes, día del sorteo, no durmió muy bien él que estaba acostumbrado a roncar como un tronco.  Pero era que su mente no paraba de hacer planes con todo ese montón de dinero que seguro SE IBA A GANAR. El corazón se lo decía noche y día.

 

Tenía que ser así porque llevaba años de años comprando lotería y nunca ganaba ni terminales.  Pero ahora con su suerte tenía una fe de carbonero y esta vez “sí sería la vencida”.  Porque considerando cuánto dinero había invertido en su vida comprando loterías, si tuviera todo ese dinero que invirtió en ese jueguito  pues ya tendría una considerable fortuna en su haber.

 

Además, el viejito que le vendió el billete número 0973 de la serie 76, le juró “hasta con las patas” que ese número sería el ganador, que era su preferido y que no se quedaba con él porque no tenía con qué comprarlo.  Cuando él le pagó los 12mil pesos, el viejo lotero le entregó las tres fracciones con cierta reticencia, como si no quisiera desprenderse de ellas. Eso le pareció un buen augurio.

 

Claro que de premoniciones sufren todos aquellos tahures de fin de semana a quienes la compra de un billete los pone a elucubrar fantasías sin fin.  Durante mucho tiempo se quedan pensando que este día será el último de pobreza, porque de mañana en adelante el mundo será color de rosa y todos los proyectos se pueden realizar.

 

Y llegó el sábado cuando se encontraría con el viejito lotero quien le daría la buena nueva de su acierto.  Sacó de la gaveta las tres fracciones y las guardó en el bolsillo interior de su chaqueta.  .  Salió a hacer varias compras en el super-mercado, luego a una papelería en donde compró media docena de bolígrafos Paper Mate y luego fue a encontrarse en con el lotero.  Metió la mano  al bolsillo de su chaqueta y el billete de lotería no estaba por ahí.   Desesperado buscó en todos los demás bolsillos y pantalones… ¡Y nada de nada!.  El billete no apareció, no  lo encontró, se había perdido, no estaba.  Empezó a cavilar que quizás un raponero muy astuto le habría metido la mano al bolsillo con esa sutileza que ellos usan para robar.  Pero eso no era posible porque él no había hablado con nadie desde que salió de la casa y tampoco había estado en ningún tumulto de gentes. ¡Él no se había juntado con nadie, no había hablado absolutamente con ninguna persona desde que salió de la casa!                                                                                                      

 

Empezó a sentir como una especie de pánico muy especial, muy raro con la pérdida de ese billete de la lotería.  Pensó que quizás se le había caído al piso, alguien lo debió recoger y posiblemente ese alguien iría a cobrarlo y en este caso no había nada qué hacer porque esos billetes son pagaderos al portador únicamente.  Mejor dicho: el dueño es quien tiene el billete en el momento de hacerlo efectivo.

 

¿Y ahora qué de todos los sueños que había tenido: la finca, el computador, el carro, la hipoteca de la casa, las ovejas, los cerdos, las gallinas, la fiesta de 15 años para Nydia Soley?  Tuvo ganas de ponerse a llorar.  Afortunadamente no le había contado a nadie de sus proyectos y él, sólo él, sufriría en silencio pérdida tan irreparable… ¡Docemil millones de pesos… eso es mucho dinero!

 

Cuando vio al viejito lotero como a 20 metros de distancia, le dieron ganas de perderse, de no dejarse ver.  Posiblemente le iba a decir que él era el ganador, le iba a mostrar la lista y al comprobarlo se pondría a llorar como un muchacho chiquito sin poder dar una explicación sobre el particular.  Pero la suerte estaba echada y tendría que hacer el último sacrificio, el último acto de valentía y cerciorarse con sus propios ojos de los números ganadores que le causaban esta desgracia inenarrable.

 

El lotero le mostró la lista,  con mucho temor él la miró y abrió sus ojos cuan grandes eran.  Ahí estaba clarito el número y la serie ganadora de los docemil millones de pesos y… ¡era el sorprendente número 7785 de la serie 24!.

 

Por un momento pensó que el alma regresaba a su cuerpo y salió brincando lleno de felicidad y gritando como un energúmeno:

 

¡GRACIAS A DIOS NO ME LA GANÉ… NO ME LA GANÉ!

 

Y se sintió el hombre más rico y más feliz del mundo con su sueldito de $843.362 con 16 centavos Moneda Nacional.

 

NOS VIMOS.


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