Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

BARCOS VIEJOS.

Por Carlos A. Valencia O.

 

BARCOS VIEJOS.

 

El mar siempre ha tenido una atracción especial para mí.  Su inmensidad, su poder, sus olas, la majestuosidad que inspira. No quiere eso decir que me gustaría ser marinero porque  no me atrae ese tipo de trabajo, pero sí admiro mucho la labor de estos hombres, su lucha contra ese gigante tan aterrador como lo es el mar, donde se han escrito muchísimas páginas de heroísmo de la humanidad durante muchos siglos.

 

 Todas las historias de mar desde los Vikingos,  pasando por los Griegos y sus odiseas, la osadía de aventurarse hasta lo desconocido para descubrir a América y la Saga de la Ballena Blanca de “Moby Dick” de Hermann Melville, más los cuentos de piratas y bucaneros que infestaron el caribe.  Todo eso y mucho más da para inflamar la imaginación. 

 

Pero las historias de mar y de  marineros también sirven para deleitarse con relatos pequeños subyugantes como “La Isla del Tesoro” del gran Robert Louis Stevenson o “Los Viajes de Gulliver” de Jonathan Swift que nos hicieron soñar cuando empezamos a leer, o “20 mil Leguas de Viaje Submarino” de Julio Verne.

 

Los grandes barcos, las barcazas, las goletas, los barcos de tres mástiles a todo trapo rumbo a una tormenta tropical o al encuentro de otro corsario con 16 cañones listos a escribir páginas de abordaje, sables, gritos, humo y destrucción, cuadros inolvidables en la pluma de Emilio Salgari y sus Sandokanes.

 

Ya había tenido la oportunidad de escribir sobre el mar cuando publiqué mi sexto libro en el año 2008 e incluí tres narraciones sobre una historia de amor en el mar protagonizada por Robert Xtcrucería y su amante Margoth, con fondo musical de un hermoso bolero de los compositores Dames y Sanguinetti con el título de “Tristeza Marina”  En ese relato saqué a relucir  la admiración que me causa el mar.

 

Pero también existen historias las que, no por lo pequeñas y cotidianas  dejan de ser interesantes.  Permítanme amigas y amigos que invente una de ellas para su deleite:

 

La idea se me vino a la cabeza con una canción Argentina que escuché de niño y que ha seguido rondando mi cabeza durante toda mi vida. Es original de Rodolfo Schiamarella y su título es “NIEBLA DEL RIACHUELO”  la que alguna vez  en otra de  mis narraciones anteriores les copié textualmente. Hoy sólo me remito a un par de estrofas para dar comienzo a mi historia:

 

Turbios fondeaderos                  Sombras que se alargan

Donde van a recalar                  en la noche del dolor

Barcos que en el muelle        náufragos del mundo

Para siempre han de quedar   que han perdido el corazón

 

Y ahí tenemos material para empezar nuestro cuento: la noche fría, el puerto, el fondeadero donde las naves de todos los tamaños y tonelajes descansan como las personas ya jubiladas, esperando el paso de los años sin volver a trabajar.

 

Y envuelto en su viejo abrigo marino el Capitán Sven Kerlag sigue fumando su eterna pipa (¿Y qué marinero no fuma?) usando su ajada cachuca de Capitán del barco pesquero “EL PEZ ESPADA”   Eran él y siete marineros más.  ¡Cuántos miles de millas náuticas no se acumularon en ese viejo cascarón, cuántos miles y miles de pescado no trajeron a puerto!

 

-        ¿Viejo Cascarón, dijiste?  ¡Más respeto con mi barco, aunque retirado y fondeado sigue teniendo su linda historia!

-        Perdone Capitán si lo he ofendido con mi descripción, pero sólo quería hacer resaltar que “El Pez Espada” ya no está en servicio activo.

-        Puede que así sea.  Pero sigue siendo mi barco y lo quiero como cuando cruzábamos los mares.  Venga, señor narrador, acompáñeme y le cuento algunas cosas de “El Pez Espada”

-        ¡Como usted diga Capitán!

 

La plancha de madera semi-podrida que conectaba el muelle con el viejo barcón crujió cuando subimos a bordo.  La sal de mar se había comido parte del hierro de la proa y de la popa.  Algunos cordajes colgaban como cortinas abandonadas en una casa vieja.  Penetramos por una puerta desvencijada a la pequeña sala de mando desde donde se divisaba la proa y más adelante el agua de un mar nocturno inquieto y expectante.  El Capitán Kerlag agarró con fuerza el viejo timón como si fuese a empezar un viaje de muchos días:

 

-        Señor Narrador…

-        ¡A sus órdenes, capitán!

-        ¡Así me gusta, muchacho!  ¿Sabes qué es lo que recuerdo con más cariño y respeto de los hombres de mi tripulación?  Su disciplina.  Ellos me respetaban y yo los respetaba. Éramos una familia: Surlach y su eterna sonrisa, John y sus recuerdos de Irlanda, Meléndez un negrito todo corazón y uno de los mejores marineros que he conocido, Sanángel que no era propiamente un ángel, pero era todo voluntad, Gabriel que se hizo un buen marinero bajo mis órdenes, Meterninch y su incansable silbido, Sanchíz y su amor por la vida… Era toda una tripulación, envidia de otros capitanes… y mi orgullo!  Como en los Tres Mosqueteros éramos “uno para todos y todos para uno”  ¿Te estoy cansando con mi relato?  No me hagas caso porque los viejos somos repetitivos, pero me siento orgulloso de contar historias de mi tripulación.   Es más: me siento orgulloso de haber sido su capitán.  Y todavía hoy, cuando nos encontramos, sentimos lo mismo.  ¿Puedo continuar?

-        ¡Claro, mi Capitán!  Continúe por favor.

 

El Capitán Sven Kerlag era hijo de un Sueco y su madre… bueno: él nunca supo cuál era su nacionalidad pero siempre la amó porque le fue fiel a su padre, quien también fue marinero.  Siempre lo esperaban ella y su hijo Sven en el muelle como dedicada esposa.

 

-        Sanchíz era español.  Creo que lo que lo hizo volverse marinero fue una decepción amorosa.  No pudo resistir que su novia Clara Santacruz se casara con un hombre de mejor porvenir que él.  Según me contaba, el día de la boda en el puerto de Cadiz, observó desde prudente distancia cómo los recién casados  salían a disfrutar de su intimidad.  Él subió inmediatamente al primer barco con destino a América a vivir su soledad.  Llegó a mi barco con una talega escasamente con lo necesario y desde ese momento me consideró como si yo fuera su padre y yo a él como si fuera mi hijo.

-        Perdón Capitán ¿Usted alguna vez estuvo casado?

-        Señor Narrador: los únicos amores que he tenido han sido mi barco y el mar y he amado como hijos a los siete hombres de mi tripulación.  Con ellos me he sentido pleno, feliz ¿para qué más?  No le he pedido más a la vida.  Todavía me encuentro con ellos y nos tomamos unos rones y recordamos viejos tiempos.  ¿Le gustaría acompañarnos esta noche?

-        Para mí sería un placer y un honor, Capitán.

-        Bueno… vamos pues…

 

Bajamos los crujientes maderos de la plancha hasta el muelle.  La noche nos envolvió en su niebla y los barcos carboneros mecidos por la marea se movían como si quisieran despedirnos cordialmente.  Después de todo, quien vagaba por el muelle, era un capitán de barco, porque se es Capitán hasta después de la muerte. 

 

Puentes y cordajes             Turbio cementerio

Donde el viento viene a aullar de las naves que al morir

Barcos carboneros              sueñan sin embargo

Que jamás han de zarpar           que hacia el mar han de partir

 

 

Amigas y amigos: ¿Cómo les pareció este breve relato?  A mí me fascinan las narraciones que tienen que ver con el mar, aunque no tengo alma de marinero.

 

 

NOS VIMOS.


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