Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

ANTES Y AHORA

Por Carlos A. Valencio O.

 

ANTES Y AHORA (326)

 

Cuando entré a trabajar como Profesor de la Universidad Nacional de Colombia en Manizales, encontré el sitio que estaba buscando desde hacía varios años.  Empecé mi vinculación a la Universidad un once de febrero de 1963.  El año anterior había estado estudiando en la Universidad Georgetown en Washington, D.C. gracias a una beca Fullbright.  Llegaba lleno de ilusiones y dispuesto a enseñar lo que había aprendido en el exterior.  Y heme aquí en mi primer día de clase frente a 43 estudiantes de segundo año de Ingeniería Civil, salón 203, segundo piso en el entonces bloque C.

 

Asumí el nuevo cargo como un reto que no me asustó puesto que estaba acostumbrado a enfrentar multitudes de personas en programas de radio en teatros, en espacios abiertos y en coliseos, una buena experiencia acumulada como locutor de radio.  Esto me sirvió para enfrentar lo que algunos llaman el “miedo escénico” muy común entre actores, profesores y conferenciantes  quienes trabajan frente públicos numerosos.

 

¿Cómo era la Universidad Nacional de Colombia en Manizales en ese entonces?  Debo decir que siempre ha ocupado un sitio de preeminencia entre las instituciones de Enseñanza Superior, lo que no obsta para decir que ha tenido sus mas y sus menos en cuanto a dotación y a programas, cosas que se han ido subsanando con el paso de los años, con los cambios de Directivas, con los aumentos de Presupuesto y con su ampliación física en campus, en laboratorios, en nuevos programas curriculares de pre y post grado.

 

Era la década de los años 60 cuando aún no aparecían los computadores, ni siquiera los tableros de fibra de vidrio y los marcadores borrables.  No.  Por esos años los profesores teníamos que trabajar con lo que disponíamos: tiza y borrador, tanto que al terminar una clase, nuestros vestidos de paño quedaban blancos, blancos del “polvero” que levantaba la almohadilla al borrar.  Será por eso por lo que los profesores de esa época sufrimos de problemas en la garganta.  Eso se explica por la “tragadera” de polvo de tiza día tras día.

 

Decía que “nuestro vestido de paño quedaba blanco, blanco”  En esos años no era de buen recibo presentarse frente a los estudiantes mal vestido.  Se debía usar corbata, saco y vestido de paño.  La universidad no suministraba las famosas batas blancas para que nos protegiéramos del polvo de tiza.  Como se decía popularmente en esa época “salíamos de clase como cucarachas de panadería: blancos… blancos”

 

No era mucha la tecnología de la que disfrutábamos. Para presentar nuestros trabajos a los estudiantes  debíamos utilizar una impresora de Stenciles.  Y cuando menciono esta palabra muchos de mis estudiantes actuales no saben de qué se trata.  Me explico: era una impresora manual con un rodillo en el cual se insertaba una hoja de papel especial (papel stencil) previamente mecanografiada a máquina de escribir, hoja a la cual se le untaba una capa de tinta negra con una brocha.  El rodillo debía girarse manualmente con la mano derecha mientras que con la izquierda se iban empujando los papeles a imprimir.  La hoja de stencil podía utilizarse para unas 300 o 500 copias como máximo.  Ya se imaginarán ustedes el trabajo previo que los profesores debíamos hacer para poder presentar a los estudiantes extractos o resúmenes de temas a estudiar. “¡Era todo un camello arreglar todo lo necesario para una clase!

 

Las investigaciones debían hacerse utilizando viejos libros algunas veces y tratando de conseguir lo último en descubrimientos o investigaciones que aparecían en revistas especializadas.  Las hemerotecas, a ratos,  suplían la actualización de lo último en descubrimientos y recurríamos a ellas para  tratar de mantenernos al día. 

 

Los estudiantes de Ingeniería Civil, (carrera la que durante muchos años fue la única existente en la Sede) hacían las prácticas de topografía con “tamanuás” unos jalones de mira los que todavía de vez en cuando se utilizan, para medir terrenos en reemplazo de los pocos teodolitos o tránsitos de cierta precisión, aparatos que aprendían a utilizan más adelante.  Con este par de armas rudimentarias nuestros estudiantes lograban culminar su Ingeniería Civil y salir de la Universidad a enfrentarse a los caminos y las carreteras, los edificios, las casas y las estructuras.  Y cosa admirable: tenían fama nacional (y aún la tienen) de ser excelentes Ingenieros Civiles acatados aquí y en cualquier parte del país y del mundo.  Veamos la otra cara de la moneda. 

 

Ahora porque las cosas han cambiado a lo extremo de lo último en tecnología, veamos algunos cambios, sólo algunos,  porque son muchísimas las innovaciones en los modernos métodos de enseñanza y aprendizaje.

 

En la actualidad los tableros son de fibra de vidrio con marcadores borrables. No voy a decir que fue difícil este cambio desde hace algunos años, pero con este sistema las explicaciones hechas al tablero han sido más nítidas son más claras y no tan “ensuciadoras” como la tiza de antaño. 

 

Fuera del tablero de fibra de vidrio tenemos Video Beams (escribámoslo en nuestra fonética: vidiobins) y creo que todo el mundo está familiarizado con esta ayuda audio-visual, muy útil por cierto.  Si la explicación del tema es muy complicada, pues se le introducen los datos al computador, el que puede almacenar y mostrar miles de miles de detalles que serán ampliados en una pantalla gigante con la ayuda del vidiobin.  El profesor sólo tiene que usar un marcador laser con el fin de indicar el sitio, la frase, la palabra, el fenómeno que aparece en la pantalla.  ¡Eso es una dicha porque todo se hace sin ensuciarse las manos, sin tener que bosquejar, con la claridad de las imágenes, incluyendo el sonido!

 

Y ahora que menciono el sonido, recuerdo que años ha, cuando el profesor tenía que explicar algo al tablero, no sólo se llenaba de polvo de tiza sino que tenía que “desgañitarse” gritando para que un auditorio de 60 o más estudiantes entendieran lo que estaba diciendo. De lo contrario era como gritar en el desierto, tratando de imponer su voz sobre el bullicio de tantos estudiantes poco interesados en escuchar y muy dispuestos a “hacer recocha”. (¡Y no me vayan a salir con el cuento que no saben qué es “hacer recocha”!)

 

Ahora no.  Con los avances en audio el profesor puede colocarse un diminuto micrófono en la solapa o en la camisa bajo su barbilla, sostenido con una pequeña pinza y amplificar su voz a un par de altoparlantes a varios metros de distancia en el salón, para que todos y cada uno  de los estudiantes oigan claramente lo que está explicando y en segundo lugar para taparle la boca a los estudiantes vocingleros.  ¡Ese sistema de amplificar la voz es una dicha, especialmente para dicción y pronunciación en clases de lenguas extranjeras!

 

Hablar sobre tantas cosas buenas que la tecnología nos ha traído, llenaría hojas y hojas,  pero prefiero hacerlo en otra ocasión en la cual podría estudiar los “contras” de tantas facilidades para hacer tareas, trabajos e investigaciones.  Les prometo que lo haré en próxima oportunidad. 

 

 

NOS VIMOS.


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