Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

LA VIDA DE UN PERRO

 

Por Carlos A. Valencia O.

 

LA VIDA DE UN PERRO (322)

 

La vida de un perro de finca es relativamente fácil: comer, dormir, gruñir.  ¿Pero a quién?  Eso depende de las circunstancias.  Eso de “pelarle los dientes” a las personas puede pagarse caro, porque el hombre puede ser un matón y responder agresivamente con palo, navaja o pistola y eso sí es un problema.

 

Pero fuera de estas eventualidades es poco lo que un perro puede moverse.  Claro que lo hace detrás de su amo o de uno de sus hijos.  Su recorrido es hasta el corral del ganado, por ejemplo, o hasta el gallinero, o hasta la porqueriza y a ratos hasta el cafetal para acompañar a los cogedores de café.  Regresa cansado de mirar reses o de enredarse en las piernas de su patrón quien lo regaña por atravesarse en su camino, recibiendo la consabida “vaciada”:

 

-        ¡Qué chandoso para estorbar: Parece una guadua en la mitad de la cocina!

 

“La guadua” se va a echar en su rincón favorito cubierto con costales de estopa, a “rumiar” pensamientos, porque aunque ustedes no lo crean los perros piensan.  Que no comuniquen lo que piensan y creen, no hace de ellos menos filósofos.  Afortunadamente los perros no hablan ni escriben sus memorias, porque si llegase a ser así, los hombres nos tendríamos que esconder y mantenernos con la boca cerrada.

 

Me atrevo a escribir (suponiendo, naturalmente) unos cuantos pensamientos perrunos, los que ustedes me perdonarán que transcriba sin agregarle ni quitarle una sola palabra.  Piensa el perro echado cómodamente en su nido de costales de estopa:

 

-        Ahí va Aniceto, dizque mi amo, dueño y señor de todo lo que nos rodea.  ¡Qué iluso él!  No hace ocho días murió por aquí en la vereda don Torcuato Castañeda y, a pesar de toda la plata que tenía, no se pudo llevar ni un peso para el otro lado.  ¡Vean a su familia dizque peleando por esa fortuna.  Ya no se pueden ni ver, ni se visitan, ni se hablan!  Y me vienen a golpear a mí porque me saqué un miserable hueso de res y ese hueso ni carne tenía.  Era algo imposible de pelar porque ya estaba todo pelado.  ¡Ah… qué paz se respira en esta parte del corredor!  Miren ese gallo tan creído “pisando gallinas a la lata” para saber que la semana pasada “sacudió” al gallito de la finca vecina dizque porque Blanquita, la mejor gallina ponedora de estos contornos le picó el ojo.  Y “Crestepollo”  que no es ningún pendejo, tuvo amores con ella en la huerta a la seis de la tarde antes de subir al gallinero.  Y su marido está convencido que de esa última camada de pollitos sólo él es su padre.  Yo no me muevo mucho de estos costales pero sí son muchos los cuentos de los que me entero sin estarlos preguntando.  Mis amigos y mis amigas son muy comunicativos conmigo.  ¡Ahhh… la buena vida!

 

Y se estiró cuan largo era.  No hay que dejar de reconocer que más de un hueso le “traquió” a Capitán con la estirada.  Después de todo han sido 15 años prestando “sus servicios”  en esta finca, algo así como más de 105 años de la vida de un hombre. ¡Y eso es mucho tiempo y son muchas historias para contar!

 

La semana asada le dieron canina sepultura a “Capitán” el perro de la finca de don Teto Montoya.  Lo enterraron sin mucha ceremonia al pié del árbol de guayabas frente a la casa de su patrón.  A su sepelio no asistieron ni su viuda, una perra de unos 45 años de nombre “Zarrapastrosa” ni los cuatro cachorros que hubo de ese “matrimonio”.  Su muerte pasó completamente desapercibida en la vereda.  Las malas lenguas dicen que esa perra fue mucho lo que anduvo para arriba y para abajo con una gran jauría de chandosos con los que tuvo muchísimos cachorritos.  Pero dizque le hizo creer a Capitán que él había sido su único amor. Y el pobre murió creyendo que había encontrado el amor de su vida. Por esta vereda las historias de “cachos puestos” son muy comunes. ¡Qué risa!

 

Capitán murió como había vivido: sin pararle muchas bolas a la vida y sin exigir ninguna indemnización para su “viuda y sus hijos”.  No hubo necesidad de desearle “paz en su tumba” porque toda la vida en paz vivió. Si se “amarró algunas perras” eso lo hizo en “uso de sus atribuciones legales” pues era parte de su trabajo. (¡Qué perro tan sufrido!) y él siempre fue un fiel cumplidor de su deber.

 

En la vereda “El Tambor” deben estar ladrando y haciendo lo mismo muchos perritos, lo que  en vida hizo su papá: ladrar, gruñir y aparearse, como él lo hizo, sin “sacarle al bulto a su obligación”.

 

Los hombres  la llaman “vida de perros” pero no saben lo bueno que vivimos nosotros los canes porque les hacemos creer a los hombres que ellos son nuestros amos cuando la cosa es al revés.  Lo único que tenemos que hacer es poner cara de “yo no fui”, voltear los ojos como si fuésemos unos terneros huérfanos, mover la cola y esperar los resultados.

 

Mejor dicho: sería una tontería cambiarnos por el hombre que se tiene que quebrar el espinazo para conseguir la comida diaria.  Nosotros con cualquier hueso tenemos.

 

No sabemos de dónde sacaron aquello de que “el perro es el mejor amigo del Hombre” cuando la cosa es al contrario: el hombre es el mejor amigo del perro.  Y según sabemos esta situación lleva siglos de siglos y, a la larga,  nosotros somos los beneficiados: tenemos casa y carro y no nos tenemos que preocupar por las becas porque ni siquiera sabemos qué es eso.

 

En cuanto a los carros, ese aparato sí es el mejor que se han podido inventar.  ¿No han visto ustedes un perro asomado a la ventanilla trasera del carro de su “amo” con las orejas al viento, oteando el horizonte, ladrándole a todo lo que se mueva en la carretera y mirando a esos pobres perros parias que viven en casuchas cuidando ovejas y rebuscándose la comida?  Esa es otra historia muy distinta”

 

Amigos y amigas: ¿no les decía al principio de este relato que si los perros pudieran hablar y escribir nosotros los hombres nos tendríamos que esconder?

 

 

NOS VIMOS.


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