Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

MAQUINA DE ESCRIBIR, COMPUTADORA

 

Por Carlos A. Valencia O.

 

MAQUINA DE ESCRIBIR, COMPUTADORA (162)

 

Todos los días Rodolfo, el hijo de don Gustavo, echaba andar la computadora desde las seis de la tarde, cuando venía de la universidad, hasta altas horas de la mañana.  Dejaba el disco duro echando chispas con tanta información que entraba y extraía.  Afortunadamente ese aparato tenía una capacidad de muchas gigas, así que era mucha la información y la basura que almacenaba. 

 

La fiel computadora se preguntaba cómo era que ese muchacho no se cansaba de tanto mirar la pantalla, de tanto teclear en ese keyboard (nosotros lo llamábamos teclado) de tanto molestar el Mouse (nosotros lo llamábamos ratón) que no cesaba de moverse sobre la mesa de un lado para otro entrando y sacando datos.   Ese Mouse “estaba que sacaba la mano” Cuando no eran tareas de matemáticas, de finanzas o investigaciones de marketing (nosotros lo llamábamos mercadeo) eran consultas en you.tube, en google o en yahoo (nosotros sacábamos la información de viejos libros amarillentos y de enciclopedias incompletas.  ¿Cómo han cambiado los tiempos?) Y en último caso, cuando creía que el mocoso ese se había cansado, empezaba a jugar con esos programas de video juegos.  (Nosotros sólo jugábamos con trompos, bolas de cristal, guerra libertadora y a que te cojo ratón) La pobre computadora también estaba que “sacaba la mano” Ya eran dos aburridos: el Mouse y ella.

 

Sólo en las quietas horas de la noche y en la madrugada la computadora podía descansar, que no dormir, porque las computadoras no duermen sólo descansan y suspiran por esas horas sin trabajo que les permiten recargar circuitos y refrescar la CPU.

 

Ella muchas veces quiso escribir poemas, pero si el mocoso de Rodolfo no se lo ordenaba el sistema operativo no funcionaba.  Y además, Rodolfo no era como su papá, don Gustavo, que era un viejo “chévere” todo romántico que sólo utilizaba su vieja máquina marca Underwood”  modelo 1948, ni siquiera máquina eléctrica para escribir.  ¡Cómo envidiaba la computadora esa vieja y querida máquina de escribir.  Esa máquina bien pudiera ser su mamá! A la computadora le hubiera gustado desprenderse de todos esos trebejos electrónicos y simplemente disponer de un rodillo, un teclado sencillo sin muchos símbolos raros, una cinta bicolor roja y negra, unas cuantas teclas de tabulación, una barra espaciadora en la parte de abajo y esa hermosa campanilla que anunciaba que iba a acabarse el renglón con una pulgada de anticipación.  Nada de electricidad, de chips, de disco duro, de programas complicados, nada de eso: sólo un teclado y las manos amorosas de don Gustavo vertiendo al papel su alma desde el disco duro de su cerebro.  ¡Cómo soñaba con ser máquina de escribir, una sencilla y vieja máquina de escribir!

 

Más de una vez a Rodolfo lo venció el sueño, se fue a dormir y dejó el computador funcionando durante toda la noche, oportunidad en la que la computadora de nuestro cuento aprovechaba para comunicarse con sus amigas  a través de la Internet.  “Chateaban” (¡Qué horror: nosotros simplemente conversábamos o charlábamos!) chateaban durante horas y horas  sobre tantas cosas, intercambiaban información,, problemas y hasta decepciones.  Y todas tenían algo en común: querían descansar un poco de tanto tráfago informativo.

 

A diferencia de su hijo Rodolfo, don Gustavo sólo utilizaba la máquina de escribir desde las 6:30 de la tarde hasta las 9:30 de la noche.  Escribía sus cartas, sus poemas, uno que otro cuento y era feliz echando a volar su imaginación.  Ni por un momento se le ocurrió aprender a operar la computadora.   Con su vieja “Underwood” le bastaba para escribir sus cosas.  Además,  le parecía  “jarto” estar frente a una pantalla recibiendo radiación y cansando los ojos con imágenes repetitivas que a sus años poco le interesaban.    Su maquinita de escribir lo había acompañado durante más de 40 años de su vida y nunca le había fallado.

 

Aunque su hijo Rodolfo insistía en que aprendiera al menos a manejar lo básico de la computadora, como comunicarse con algunos amigos por la Internet, don Gustavo le respondió que los únicos amigos que él tenía ninguno usaba computadora y les gustaba más hablar personalmente al calor de un tinto o una cerveza en una de las cafeterías del centro de la ciudad.   Así que seguía haciendo bulla con su Underwood todos los días de 6:30 a 9:30 de la noche.

 

La computadora definitivamente se cansó de tanto trabajo, de tanta información, de tantos bits, bites y mega programas.  Se puso de acuerdo con el Mouse y la CPU para dejar de trabajar.   A eso de las 8 de la noche y cuando Rodolfo estaba trabajando en ella ¡PLOF! el aparato “sacó la mano”, se apagó intempestivamente, no quiso echar a funcionar toda su tecnología y “se ranchó como una mula!  Al día siguiente llegaron los técnicos, desbarataron todo, probaron circuitos, chips, conexiones, programas, disco duro, carpetas, USBS inclusive trataron de inyectarle un “purgante” con varios diskettes y…. ¡NADA DE NADA!

 

Los técnicos consultaron manuales en español, inglés, francés, italiano y la computadora seguía como si nada.  Cuando le conectaban la corriente eléctrica, simplemente hacía un movimiento de distracción “computarizada” y la rechazaba. Quedó convertida en un aparato bueno para nada, sólo quedó sirviendo para trancar una puerta y al sótano de la casa  fue a parar entre hierros viejos, sillas desvencijadas, colchones rotos y ollas desfondadas.

 

Esa noche, cuando apagaron la luz y todos los de la casa se fueron a dormir, el espíritu intacto de la computadora salió de la CPU, se llevó consigo la tecnología del Mouse, de los circuitos, de los programas, subió al piso superior en forma de un pequeño fantasma electrónico y cómodamente se instaló entre las teclas, el rodillo, los resortes y hasta en la barra espaciadora de la vieja  y querida máquina de escribir de don Gustavo.  Nadie ni absolutamente nada se dieron cuenta del cambio de “residencia” de la tecnología de la computadora.  Y empezaron a suceder cosas increíbles.

 

Al día siguiente, como era de esperarse, don Gustavo y Rodolfo se metieron la mano al bolsillo y llevaron una computadora de última generación, con todos los juguetes y con “jijuemil” extra, super mega gigas de potencia “lo último en guarachas”.  Rodolfo se sentó a ”mecaniquiarle” a su última adquisición y don Gustavo se sentó frente a su viejita, la Underwood.  Empezó a buscar las palabras adecuadas para escribir un poema que desde hacía días le rondaba en la cabeza.  Cuando colocó sus dedos sobre el teclado sintió su maquinita más suave que de costumbre, más veloz, como si acabara de salir del almacén y le dio la sensación  que hacía las cosas a su amaño:

 

-        Oiste Rodolfo: esta máquina está de lo más rara…

-        ¿Qué… esa también sacó la mano?

-        ¡No, qué va!  Al contrario, está más suave y me da la impresión de que tuviera un disco duro como si fuese una computadora…

-        ¡Ah papá!  No me vaya a salir con el cuento que esa “coscorria” puede hacer las cosas de una computadora….

-        En primer lugar… más respetico mijo con mi maquinita de escribir.  Y en segundo lugar ella no me ha dejado tirado como esa “coscorria” de computador QUE TENÍAMOS ANTES.

-        Si usted lo dice, apá… que se divierta con ella.

 

A don Gustavo como que le pareció oír un risita burlona que salía de alguna parte.  No le dio mucha importancia a la cosa y siguió disfrutando de su viejita Underwood ahora extrañamente rejuvenecida.

 

Ahora ustedes mis estimadas amigas y amigos me van a salir con el cuento que esto no es posible.  ¡Allá ustedes!

 

 

NOS VIMOS.


 

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