Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

ME REÍ COMO UN ENANO

Por Carlos A. Valencia O.

 

ME REÍ COMO UN ENANO


 De tanto buscar en la televisión, cambiando canales con el control remoto, me topé una de esas viejas películas filmadas entre los años 1930 y 1950 en la cual actuaba un cómico llamado Harold Lloyd.  Recuerdo que mi padre me decía que hacía llorar de la risa a las audiencias del cine mudo.

 

El hombre era graciosísimo en su actuación llena de energía, habilidad y magnífica expresión corporal, en situaciones inverosímiles un tanto comparables a Charles Chaplin pero sin imitarlo.

 

Cuando sintonicé la película esta ya había empezado  y estaba mostrando unas escenas deliciosamente ridículas de un partido de futbol americano en el cual nuestro personaje (Harold Lloyd, allí se llamaba Harold Dicklebock) hacía hasta la imposible con sus ridiculeces para que el equipo de su Alma Mater no ganara ese partido contra una universidad rival.  Pero al final y luego de dejar hasta los zapatos de fútbol en poder de un “tacleador” contrario y en el último minuto, anota el tanto que sella el triunfo de su equipo.

 

Es como para desbaratarse de la risa debido a las contorsiones que hace  nuestro personaje con el balón, tratando que los contrarios lo “vuelvan un costal” aplicándole el peso de esas “tractomulas humanas” que lo persiguen por todo el campo tratando de quitarle el balón.

 

En resumidas cuentas y como dije al principio, queda como todo un héroe anotando en el último minuto. El estadio se vuelve un manicomio, lo abrazan, lo cargan, lo besan, lo felicitan y cuando se calma el griterío, se acerca a él un ex-alumno de esa universidad, le entrega una tarjeta y le dice que cuando termine sus estudios que lo busque para darle un puesto en su compañía.  Lo endulza con un montón de alabanzas diciéndole que es un hombre que tendrá un futuro brillante porque ha mostrado, garra, creatividad y berraquera.

 

Para no alargar mucho el cuento entra a formar parte de la compañía del sujeto que le dio su tarjeta personal, lo alecciona, le promete esta vida y la otra y empieza su “rutilante” carrera como uno de los tantos tenedores de libros de la institución.

 

Pasan los años de la misma rutina, de los mismos asientos contables, del mismo escritorio, de los mismos compañeros y compañeras y nada de progreso, nada de promociones, nada de reconocimientos. Hasta que un día lo llaman a la oficina del jefe.

 

Con su traje “chafado” con  algunos rotos y decoloración, el hombrecito entra a la oficina del dueño de la compañía quien le dice que ha sido un empleado fiel, honesto y confiable pero que ya está de más de 50 años de edad y que es política de la compañía cambiar y despachar a los antiguos empleados para conseguir sangre nueva que dé mejor rendimiento.  Termina su perorata obsequiándole un reloj suizo en señal de agradecimiento por los servicios prestados por más de dos décadas y le entrega un cheque de unos cuantos dólares producto de sus pocos ahorros durante todos esos años.

 

Se va nuestro personaje a su escritorio, empaca sus modestas pertenencias en un cartucho de papel, se pone su raído saco y va a despedirse de una de las secretarias que laboran allí.   Ella le insinúa que se encuentren en el archivo para poder hablar más libremente y allá van a charlar durante largo rato.

 

Él le confiesa que cuando su hermana Harriet empezó a trabajar allí se enamoró de ella pero que él nunca se atrevió a declararle su amor por lo cual ella se casó con otro.  Luego la reemplazó otra hermana, Mary, y fue la misma historia.  Luego vinieron en su orden, Julie, Cecily, Olga y Sandra de las cuales estuvo perdidamente enamorado pero sucedió lo  mismo: él no tuvo agallas para decirles que las amaba, así que terminó entregándole a esta última de las hermanas, Linda, una cajita con un anillo de compromiso diciéndole que lo guardase y se lo obsequiara a un posible pretendiente que quisiera casarse con ella, se despide y se va.  

 

Al salir se encontró uno de esos vividores (“gotereros” los llamamos nosotros, y que se pegan hasta para “trastear una carbonería” con tal de recibir un trago de licor gratis) lo convence con su verborrea a una taberna cercana y él, que nunca había bebido, termina metiéndose una rasca de “cuatro pisos”, rodeado de “viejas” de dudosa ortografía que lo “deslechan.”

 

En esta parte de la película interviene el apostador profesional de caballos que lo incita a apostar en la próxima carrera por vía telefónica.  La lista de “táparos” incluye a: Lady Bock, Bocanegra, Relámpago Tardío, Cañonazo (el fijo ganador) y una yegua de nombre Lady Emelina una potranca retardada mental y semi-paralítica por quien nadie apuesta pero que paga 30 a 1.  Claro que Harold, quien no sabe “ni forro” de estos intríngulis, le apuesta los últimos mil dólares de sus ahorros a esa yegua porque dizque tenía el mismo nombre de una tía que lo quería mucho cuando estaba chiquito.

 

Ustedes ya sospecharán que de acuerdo a los libretistas de Hollywood la ganadora es ¡! LADY EMELINA ¡! por varios cuerpos,  lo que le produce una ganancia como de 30MIL HERMOSOS DOLARES, toda una fortuna en esos años.  Y el hombrecito sigue bebiendo y divirtiéndose con las viejas y unos amigos todos “pegajosos” y pierde la noción del tiempo y de las cosas como durante tres días consecutivos.

 

Cuando despierta en la casa de una de sus hermanas no sabe ni como se llama, con el guayabo más hi…mpresionante y con la correspondiente cantaleta de su hermanita que no puede creer que “el arcángel de su hermano Harold” se haya metido semejante rasca.  Él para calmarla le dice que tiene mucha plata y se mete la mano a los bolsillos de su pantalón y sólo encuentra trapos “que le embutieron” los supuestos amigos.  Lo dejaron como había venido al mundo.

 

Cuando logra medio arreglarse y sale a enfrentar la vida, a la puerta de su apartamento lo estaba esperando un cochero y su correspondiente coche tirado por un caballo.  El hombre le dice que se suba que lo lleva a donde quiera ir pero Harold le dice que no tiene ni un miserable dólar a lo que el cochero le responde que ese coche y sus servicios son de su propiedad porque él los había comprado hacía como tres días y le había pagado sus servicios por adelantado durante un mes.

 

El pobre Harold no recuerda “ni forro”  hasta que le caen un montón de “amigos” que salieron de la nada y le dicen que él es el dueño de un circo que había comprado y que tienen el problema para alimentar 37 leones, 14 tigres, 3 hipopótamos, cuatro jirafas, dos docenas de micos y además del alimento de estos carnívoros y herbívoros  tenía que cancelarle los salarios como a 40 empleados del circo aquel.

 

Para acabar de “arreglar las cosas” le presentan un león viejo y mansito atado a una cadena, animal que se porta como un perrito faldero. Se aparece el hombrecito que tres días atrás lo invitó a beber y prácticamente el causante de todos sus males, de nombre Wormy,  con quien trata de desarrollar la brillante idea de venderle ese circo a un banco, uno de los tantos existentes en esa calle de Wall Street en Nueva York.  Su idea es que algún banco compre ese circo y monte espectáculos gratuitos para niños, lo que le daría una buena imagen a la institución bancaria. (¡¡ Tan ingenuos ellos ¡! ¿No?) 

 

Claro que cuando entran al primer banco con ese león todo el mundo sale gritando y con los ojos brotados, en medio de una algarabía monumental que causa trancones de tránsito, caídas espectaculares, gritos histéricos, todo un maremagnum indescifrable.  Y esa escena se repite como en ocho diferentes bancos de Wall Street, hasta que al leoncito del cuento se le ocurre salirse de la oficina del gerente a la cornisa que da a la calle 20 pisos más abajo.

 

No se pueden ustedes imaginar los malabarismos que tienen que hacer Harold y su amigo Wormy para que el animalito vuelva a entrar al edificio: los resbalones,  el desgarre de cortinas para no caer al abismo, el precario equilibrio de Harold para no terminar con su humanidad en el pavimento de abajo, la intervención de la policía tratando de salvar a los “tres animales” que están causando semejante espectáculo. 

 

Y terminan los tres detenidos en dos celdas en un precinto de la policía Neoyorkina . Y aquí viene esa parte romántica que los escritores de Hollywood no han podido descartar en película alguna: aparece Linda la empleadita de la compañía en la cual trabajaba nuestro personaje días atrás, con el dinero de la fianza, dinero recogido entre los empleados para poder sacar libre al tontarrón de Harold.  Él le pregunta que por qué hizo eso y ella, en medio de pucheros y mohines, le confiesa que siempre lo ha querido en secreto.  (¡ Por fin logró conquistar a una de las hermanitas… ya era tiempo ¡)

 

Naturalmente que para redondear el libreto (como sólo saben hacerlo en Hollywood) el hombre termina siendo famoso y rico, le sobran las ofertas de trabajo, le compran el circo por una suma nunca antes imaginada, porque como los  banqueros “no pierden barranquito” para ganar dinero, saben que semejante sobre dosis de propaganda les traerá millones de dólares en depósitos en sus instituciones bancarias.  ¡AHHHH… pero faltaba el beso entre Linda y Harold con lengüita y todo, como toda película que se respete ¡!

 

Pero no hay que dejar de reconocer que la película fue bien llevada, bien actuada y magníficamente producida y naturalmente que para esos años en blanco y negro, pero haciendo gala de un humor fino y agradable como hacía tiempo no lo veía.

 

Espero que mis amigos hayan disfrutado esta descripción a grandes pinceladas de una película que verdaderamente me gustó pero de la cual nunca supe el título (llegué tarde a la presentación)

 

Claro que se me quedaron muchas cosas graciosas por contar pero que he omitido por mi premura de no cansar a mis amigos y amigas.  Y termino como diría nuestro desaparecido y gran humorista Colombiano Guillermo Zuluaga  “Montecristo”…. “AI PERDONAN LA PARVA PERO ES DE TIENDA”  

 

Les confieso que… ME REÍ COMO UN ENANO.

 

NOS VIMOS.

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