Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

VIDA CAMPESTRE

Por Carlos A. Valencia O.

 

VIDA CAMPESTRE (320)

(Escrito en la finca “Tinajas” de Palestina, Caldas)

 

La vida en el campo tiene sus dificultades.  No es tan fácil ni tan eglógica como parece.  La tierra y los animales exigen mucho trabajo, mucha dedicación, mucha entrega.  Aunque el suelo es agradecido y multiplica por miles  y por millones las semillas plantadas, eso es simplemente el milagro de la vida que florece incesantemente.

 

 

No sólo la lluvia riega los surcos sino también el sudor del campesino que dignifica el suelo, hace que produzca.  Y de ahí sale el alimento vital para millones y millones de personas y animales en este globo terráqueo para que no muramos de inanición.

 

 

No estoy diciendo nada nuevo.  Es una verdad de siglos de existencia, de miles de millones de años desde que el Homo Sapiens descubrió que el suelo no sólo servía para contener animales gigantescos que debían casarse con astucia y a fuerza de músculo para poder subsistir, hasta descubrir la maravilla de las plantas y de los frutos.  Y el hombre pasó a agricultor sin dejar de ser cazador, de guerrero superviviente a pensador eterno, de usar sólo las armas, para discurrir en la filosofía de lo cotidiano cuando sus músculos descansaban de empuñar la espada, la lanza y empezó a cuestionarse con el tema de la paz.

 

 

Si no hay paz la tierra y sus cosechas no perdurarían.  La maleza se adueñaría de lo cultivado, la naturaleza cubriría con su manto el terreno que no produce y esperaría pacientemente la obra de la mano del hombre para poner orden en las tierras abandonadas.

 

 

Pero los animales han reemplazado al hombre en muchas de sus labores.  Con su rumiar, con su trasegar, con su multiplicación natural, con su presencia, el paisaje cambia de acuerdo a las circunstancias y la tierra se renueva.

 

 

Un buen día el hombre descubrió que los animales podrían servirle y los convirtió de salvajes en mansos, en colaboradores útiles a sus propósitos.  Luego, el caballo por ejemplo, cambió la faz de la tierra, alargó el alcance del ser humano, transportó sus enseres de un sitio a otro, labró el campo tirando de un arado y se convirtió en compañero, en socio, en vehículo y, en muchas oportunidades, en comida en casos extremos.  Y eso que sólo estamos hablando únicamente del caballo, importante entre todos los animales útiles al hombre.

 

 

Vino el descubrimiento de la leche y vacas, cabras y búfalos, para mencionar sólo unas pocas especies, cedieron al hombre el producto de sus ubres y aprendió a nutrirse de los lácteos.  Y aunque parezca extraño y algo exagerado, las vacas empezaron a enseñarle al hombre una nueva dimensión: la de la ternura en sus grandes y hermosos ojos.

 

 

Nos detenemos un poco en los ojos de las vacas, porque desde el medioevo el hombre empezó a echarle piropos a las damas cuando comparó los bellos ojos de una fémina con los tiernos ojos de una vaca.  Parece risible pero ésta es una anécdota verdadera la que en la actualidad podría sonar cursi pero que en su momento fue un lindo galanteo.

 

 

De las vacas se ha dicho y se ha escrito mucho hasta el presente.  Podría agregarse que donde hay vacas hay vida, porque su leche ha contribuído a la supervivencia de un gran números de niños desnutridos y raquíticos.  Por otro lado las vacas parecen ser  unos animales muy inteligentes.

 

 

-        ¿Inteligentes dice usted… En qué parámetros científicos se basa para afirmarlo?

 

-        La verdad es que no soy un sabio y mi inteligencia es tan mediana como para el gasto diario.  Pero sí reconozco que soy observador.  Y si va a preguntarme por mis pergaminos, mis estudios, mis observaciones y conclusiones, debo decirle que fueron muchas las horas que pasé en compañía de vacas en mi niñez y en mi adolescencia.

 

-        ¡Pero eso no le da la autoridad para auto-proclamarse como profundo conocedor del alma de las vacas!

 

-        Señor: yo no he dicho que las vacas tengan alma. Eso se lo inventó usted para contradecirme y se adelantó a mis explicaciones.

 

-        Bueno… quizás usted tenga razón y yo creí que al usted mencionar observaciones y conclusiones iba a decir que las vacas pueden pensar…

 

-        Eso lo dice usted, señor, porque parece estar prejuiciado. Claro que este debate está tomando características indeseables  que no las considero el objeto de mis apreciaciones.  Si usted me lo permite y no me interrumpe puedo explicar aquello de mi “cierta amistad con las vacas”.  ¿Me lo permite usted?

 

-        ¡Claro… siga usted!

 

-        ¡Muchas gracias!  Dije que soy observador como lo es casi todo el mundo y que durante mi niñez y mi adolescencia tuve la oportunidad de observar de cerca el comportamiento de estos animales.  Eran vacas de propiedad de un tío mío quien murió hace muchos años.  Mi trabajo, luego de salir del colegio, era el de alimentar las cinco vacas de mi tío con vástago y cáscara de plátano picado y miel de purga, una especie de derivado de la caña de azúcar (si no estoy mal informado) de sabor muy dulce y agradable para estos animales. 

 

-        ¡Muy bien!  ¿Y qué tiene que ver todo esto en el comportamiento de las vacas de su fallecido tío?

 

-        ¡Aguántese un poquito, mi amigo!  Todo a su debido tiempo.  Ya verá.  Lo que más me llamaba la atención de estos animales era su forma continua de rumiar sus alimentos.  Usted sabe muy bien que ellas que tienen varios estómagos con la capacidad de masticar nuevamente lo que previamente habían ingerido.  Eso de rumiar me parecía muy bonito porque, si lo aplicamos al pensamiento humano, es muy posible que muchos grandes pensadores y filósofos “han rumiado” sus pensamientos para cambiar de conceptos, para encontrar nuevos caminos a viejas creencias.  Si los grandes de la humanidad no hubiesen “rumiado” muchísimas veces lo que pensaron, nuestro concepto del mundo actual sería muy distinto.

 

-        ¿Sabe que me gusta la idea y para serle sincero nunca había pensado en ello de esa forma antes?

 

-        Me alegra que le guste.  Y debo agregar que las vacas son serias, pero no son estúpidas. Y además son muy buenas mamás, son pacientes y consideradas, toman las cosas como con cierta filosofía.  ¡Y téngale mucho miedo a las vacas bravas.  Son más persistentes que los toros y los novillos!  Así que ojo con ellas porque delante de esa aparente calma se puede esconder un animal que es capaz de golpearlo fuertemente.  Y a diferencia del toro de lidia, a la vaca le importa muy poquito el capote y persigue al trasgresor hasta cobrarle su osadía, sin tener en cuenta el trapo rojo que trata de distraerla.  Son tan inteligentes las vacas que “le tiran al bulto” no al trapo.  Me gustan las vacas y parece que yo también les caigo bien.  ¿Será que tenemos empatía?

 

 

NOS VIMOS.


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