Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

E M A

Por Carlos A. Valencia O.

 

E  M  A (306)
 
Les confieso, mis buenos amigos y amigas, que durante muchos años estuve pensando en escribir algo sobre el particular.  El tema no es propiamente el más descrestador o aleccionante del mundo, pero ha llegado el momento de hablar sobre ello.  Dejemos de dar vueltas y entremos en materia sin más dilación:
 
¿Saben ustedes cuál fue la primera palabra que escribí en mi vida sin ayuda de una cartilla o de un maestro?  Se van a reir cuando les diga que fue EMA, así sin dos EMES y era el nombre de una vecinita quien vivía dos casas más hacia el occidente de la mía.  EMA era hermana de Jaime y de Leonor.  Jaime era mi compañerito de juegos infantiles además de mi compañero de estudio en segundo de Primaria en la Escuela Zea.  Eramos un par de niños de ocho añitos.
 
Leonor era la mayor y estaba casada con un sargento de la Policía, cuyo nombre no recuerdo, y aunque llevaban varios años de casados no habían podido tener hijos.  No sé si deba contarles que el Sargento marido de Leonor se suicidó de un disparo.  El motivo de su fatal determinalción nunca lo supe, pero su muerte sí causó un gran revuelo en el vecindario.  Ella quedó viuda muy jóven y que yo sepa nunca se volvió a casar.  No es mi intención narrar tragedias hogareñas, simplemente al mencionar a Ema y a Jaime, recordé la tragedia de su hermana.  Pero volvamos a Ema:
 
Lo primero que un niño de escuela aprende a escribir es la palabra MAMÁ.  Fuera de esa palabra mágica e indispensable yo aprendí a escribir el nombre de mi amiguita y eso me marcó de por vida.  No sé por qué la consideré, y todavía la considero, como un logro muy personal.  Es que eso de juntar una E más una M y luego una A  y con esas letras formar el nombre de una persona, me pareció entonces como uno de los mayores descubrimientos de mis primeros años.  Y con razón: estaba aprendiendo la magia de escribir algo original y no simplemente la repetición de las palabras de la Cartilla de leer: “Mi mamá me ama, amo a mi mamá.  Pedro puede pintar.  Paquito Pérez pide plata a su papá”   Con EMA se me abrió un nuevo mundo. Por ejemplo: podría aventurarme a escribir algo más complicado como: “Ema ama a Paquito Pérez y le pide plata a su mamá”.  Con Ema descubrí que se podían utilizar las mismas palabras, combinarlas para formar otras ideas y eso me pareció simplemente ¡espectacular!  Y todavía sigo creyendo que es ¡ESPECTACULAR!
 
Cualquiera puede decir, y está en todo su derecho, que le parece una soberana pendejada escribir sobre algo tan sencillo, obvio e intrascendente como lo que les estoy contando.  Y a ratos me pregunto por qué me encaprichó tanto ese mi primer logro literario tan pequeño pero que para mí fue algo muy excepcional.  Creo que en ello juega un papel muy importante el ambiente en el cual se vivieron lo primeros años.  La familia, el barrio, los amigos son cosas que quedan grabados por los años de los años.  Ahí se encuentra de todo: alegrías, tristezas, decepciones, pequeños y grandes momentos que se incrustan en el recuerdo por siempre.  Pero lo más importante son las personas que nos rodearon cuando apenas empezábamos a conocer el mundo.
 
Ese mundo sin estrenar de los niños para ellos es muy grande pero para las personas mayores es muy pequeño en ciertos aspectos, especialmente en lo relacionado con las experiencias de la vida.  Las pequeñas  penas y decepciones de los infantes son naderías para los mayores porque ellos ya pasaron por ahí, lloraron por pequeñeces, se preocuparon por problemas que parecían insolubles.  Todos hemos hecho esa escuela.  Hasta los problemas sentimentales son todos un víacrucis los que, con el paso del tiempo, no eran tan graves como parecían.
 
Como casi todas las mujeres a sus 17 años, Ema se enamoró por primera vez de un muchacho que conoció en una de esas fiestas caseras en la que hubo derroche de gaseosas, empanadas y chorizos, al ritmo de una vieja radiola con boleros.  Si mal no recuerdo era la celebración de los quince años de una amiguita de nombre Mariela.  Entre vaso de Coca cola y empanada, Ema y Gustavo empezaron a gustarse. (Los muchachos de ahora dirían que fue una “fiesta zanahoria”)  Yo observaba atentamente desde una ventana que daba a la calle porque estaba demasiado pequeño para estar metido “entre los grandes”.  A los pocos días ella estaba caminando en las nubes y el muchacho se sentía el hombre más felíz del mundo.  Hasta que su romance “frenó en seco”: a Gustavo lo llamaron a pagar servicio militar en una guarnición en Cali.
 
Por esos años la distancia entre Manizales y Cali era el triple o el cuádruple de lo que hoy es en cuanto a horas de viaje en bus, duraba más de un día por carreteras deplorables.   Y la separación imperiosa de los amantes los puso a llorar a mares.  Un mar de lágrimas y de recuerdos mojó su incipiente romance.  Sumado a todo eso la dificultad en comunicaciones epistolares y telefónicas que demoraban semanas.
 
Cuando empecé este relato no era mi intención meterme en las entretelas de los corazones de dos novios.  Pero el caso de Ema y de Gustavo suscitó más de un chisme entre las viejas del barrio.  Por esos años una decepción amorosa era tema obligado de conversación, porque no existían ni siquiera las radionovelas, mucho menos la Internet, ni el mundo estaba controlado por Facebook, Twitter o Wikileaks.  Ese torrente de información que hoy nos apabulla no existía por esos años y por consiguiente los temas de conversación se reducían a los problemas de las personas, algo que se sabía “por el correo de las brujas”.  (¿Por eso sería que llamaban “brujas” a las viejas chismosas?)
 
Esas “corresponsales” eran duchas en armar dramas y en arreglarle la vida a todo el mundo:
 
-        ¡Ay… cómo te parece querida que al noviecito  de Ema se lo llevaron pal cuartel!
-        ¡No me digás!  Pobre muchachita con lo tragada que estaba y hasta de matrimonio habían hablado…
-        ¿Sí… quién te lo contó?
-        Noooo… pues nadie.  Es que me lo imagino.
-        Una cosa es imaginar, querida, y otra es que sea verdad…
-        ¡Ahg… pero vos te estás poniendo como muy exigente!  ¿Entonces pa qué se “cuadran” los novios si no es pa casarse?
-        O para “arrejuntarse”…
-        Yo no dije eso.  Y eso sí me parece grave…
-        ¡Ahhh, no… le estás “poniendo mucha tiza al cuento”!
 
Yo por mi parte digo que dejemos la cosa así, porque meterse uno en chismes de cocina hasta “resulta chamuscado”.  Pero no me aguanto el deseo de terminar el cuento  para evitar habladurías.
 
En cuanto a Jaime (que era un cabo que se me estaba quedando suelto) debo decir que fuimos compañeros como hasta cuarto de primaria y luego no volví a saber de él, hasta años más tarde en los que lo ví convertido en zapatero remendón en un tallercito que puso por los lados de las galerías.  Al año y medio Gustavo regresó de prestar su servicio militar, orgullosamente lo habían ascendido a Cabo Segundo, entró a trabajar en la carpintería de su papá, ahorró algún dinero y terminó casándose con Ema.  La última vez que supe de ellos ya tenían dos hijos, un niño y una niña de dos y tres añitos y en el vientre de Ema ya venía el tercer hijo.  ¡Qué familias tan prolíficas las nuestras!
 
La historiecita esta no fue una cosa del otro mundo, pero el nombre de la protagonista me la inspiró porque fue la primera palabra que pude escribir de mi propio talento, sin ayuda de la Cartilla “Alegría de Leer” de los Hermanos Quintana, y sin recibir ayuda de ninguno de mis dos maestros de primeras letras: de doña Ramona, que tenía una escuelita a la vuelta de mi casa, ni de don Jesús María Martínez a quien Dios tenga en su gloria por la infinita paciencia que tuvo conmigo enseñándome las indispensables primeras letras.
 
Lo de  “La Escuelita de doña Ramona” en donde aprendí a utilizar pizarrón y esponja, podría servir de tema para futuros relatos y alguno de estos  días “me aviento y los cuento”.
 
NOS VIMOS.

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