Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

En medio: Cuervo sí, pero otro Caro

El Espectador/ Opinión |24 Feb 2011 - 10:00 pm
 
Ana María Cano Posada
Por: Ana María Cano Posada
ESTE ES EL AÑO DE CUERVO EN COlombia. De Rufino José Cuervo. Un sabio que nos tenían bien guardado y un santo a quien canonizó el teólogo de las palabras, Fernando Vallejo.
 

Los 100 años de su muerte sirven para explorar la vida del personaje fascinante y exótico. Un explorador del lenguaje, un científico del español, que según la cátedra inaugural de Vallejo, consiguió en su Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana la única manera de apresar un río cambiante como es… “El idioma no cabe en un diccionario ni en un manual de gramática porque es escurridizo y burletero… ¿Y en un diccionario que fuera a la vez léxico y gramática? ¡Ah, así la cosa cambia!... un diccionario histórico y sintáctico a la vez en el que el léxico se vuelve gramática y la gramática historia, la de una raza… Con esas palabras claves, palabras mágicas, se forman miles y miles de expresiones y frases hechas que es lo que en última instancia son los idiomas. Vocablos prodigiosos de los que mi paisano iba a hacer surgir, porque sabía que estaba encerrado en ellos, el genio de la lengua castellana”.

Ya tiene Cuervo un biógrafo que dará cuenta de él: Fernando Vallejo mostró en El Mensajero, la búsqueda del rastro de Porfirio Barba Jacob, por quien en su momento sintió una obsesión como ahora por don Rufino José. Cuenta Vallejo que de niño lo apegó a él un libro que le dio su papá, Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, no del dialecto sino de la esencia misma de todos los idiomas que es el habla local. En la fantasmagoría vallejiana los dos primeros tomos de su Diccionario de construcción…, que escribió Cuervo durante la vida entera y editó en París de su bolsillo, le cayeron a sus manos en una librería de viejo en México y por otro azar rodaron de ellas: en el terremoto de 1985, su piano Steinway quebró la vidriera del apartamento y siete pisos abajo volaron a la calle los dos libros.

Pero no está solo Vallejo en la búsqueda de Cuervo, porque detrás está el Instituto: el Caro y Cuervo, el que culminó con conocedores consumados una tarea de 52 años para publicar en 1994, de la A a la Z como quería el filólogo, el Diccionario. Y en este 2011 mucho dirá de lo que consiguió para nuestra lengua, pero me pregunto si deberá seguir figurando para siempre al lado de Miguel Antonio Caro. No es tan buena compañía para la posteridad merecida por don Rufino. Caro, creador con Rafael Núñez de la Regeneración (de ingrata recordación) y de la Constitución del 86 (reformada) y de un belicismo que llevó a la Guerra de los Mil Días y al ascenso de José Manuel Marroquín y a la pérdida de Panamá, no es un personaje que se diga para imitar. Si bien Caro fue allegado a la literatura, su trazado político lo aparta de la intención intelectual de Cuervo, con quien hace dúo en este Instituto que encabeza Caro y sigue Cuervo.

Propongo en cambio otro Caro a quien su trabajo y consistencia pueden acercar a Cuervo, dada en ambos una búsqueda personal que consigue un bien colectivo. No corresponden en época y ni en figura: Antonio Caro, el artista, con sus conceptos memorables agudos y claros, ha tenido una vida lanzada al viento dedicada a mirar y remirar el país viendo en él símbolos inusitados. Sería mejor acompañante para Cuervo; Caro y Cuervo, con una dimensión singular de colombianos a los que debemos, en dos épocas, dos maneras de comprender. Queda faltando un biógrafo para Caro, Antonio. Este personaje que logra condensar en su particular y escueto diccionario de palabras sugestivas, el arte inapresable.

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