Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

ARDILLAS EN WASHINGTON, D.C.

Por Carlos A. Valencia O.

 

ARDILLAS EN WASHINGTON, D.C. (260)
 
Estamos respirando el mismo aire que el Presidente Barack Obama, el mismo que los honorables senadores o representantes de los 50 estados de la Unión y exactamente el mismo que los miles de taxistas, trabajadores, vagabundos, escritores y artistas que se atraviesan en calles y Avenidas de esta hermosísima ciudad de Washington, D.C.
 
El mismo que he respirado en los salones de clase de mi siempre bien recordada Universidad Georgetown.  El mismo de mis profesores y alumnos que atienden atentos al Simposio sobre Relaciones Internacionales.  Es una rara, muy rara sensación volver a sentarme en esos pupitres que hace 48 años ocupé en la Escuela de Lenguas y Lingüística.  Pero no son los mismos compañeros.  Seguro que muchos han abandonado este mundo y doy gracias a Dios de poder volver a ser estudiante y a hacer preguntas indiscretas, a sentir las carcajadas de mis compañeros de clase y a explicarles que mi patria Colombia queda muy al sur geográficamente pero que está en mi corazón permanentemente.  Ellos comprenden y me aplauden.
 
Por tercera vez vengo a disfrutar de este campus universitario y del espectáculo de calles y avenidas limpias, tráfico organizado y, sorpréndanse ustedes, de las hermosas ardillas que pululan en los prados y entre los árboles.  (¿Y éste de dónde salió con el cuento ese de las ardillas como si pudiesen compararse con Presidentes, Senadores, Representantes, escritores y artistas?) Puede que las ardillas de Washington no discutan leyes, ni pinten cuadros, ni escriban libros pero, para mí, son un lindísimo atractivo de esta ciudad.
 
Son tan deliciosamente “descaradas” (como decimos nosotros) que invaden los árboles de la Avenida New Jersey frente a los hoteles “Liaison y Hyatt” circulando rápidamente entre los peatones y los automóviles.  Recogen migajas del piso y suben raudas a su habitat que son los árboles de la avenida.  Porque si algo tiene de bonito Washington es su arborización.  En medio de tantos edificios suntuosos, de monumentos y estatuas, los árboles son reyes que engalanan el paisaje.  Esa es una de las tantas cosas que esta ciudad tiene para admirar.  Y claro: si hay árboles ahí estarán las ardillitas engalando con su inquieta presencia el paisaje urbano.
 
Frente al hermosísimo monumento a Abraham Lincoln y frente al Malll que lo adorna, las ardillitas son las artistas Ad honorem que deleitan a los espectadores con sus ingenuas gracias, con su agilidad extrema para subir a los árboles en un santiamén.  Para mí son todo un espectáculo.
 
Por el momento dejemos que otras personas se preocupen por “The State of the Union” (El Estado de la Unión) que por mi parte me dedico a observar ardillas, hermosas, tiernas, encantadoras y atrevidas.  Un adorno para enseñarnos, como lo dijo Aristóteles: “En cada cosa de la naturaleza existe una maravilla”.  Y las ardillitas son las maravillas más rápidas que el ojo puede captar.
 
Pero no sólo de ardillas, observando ardillas se vive en Washington.  Hay  muchas cosas qué ver y qué hacer.  Es toda una escuela de observación del comportamiento humano, en un lugar en donde confluyen personas de variadas nacionalidades, razas y colores de piel.   Y por consiguiente, distintas formas de enfocar el tan mentado “Sueño Americano”.
 
Primero que todo, si quieres tener una visión más o menos completa  de los lugares turísticos e históricos, debes andar en taxi.  Y la mayoría de los taxistas no son nativos norteamericanos porque muchos de ellos son hombres de color que han venido de África: Etíopes, Liberianos, Kenianos, Surafricanos.  Son personas que llevan entre 10 y 30 años viviendo en “la capital del mundo”  Hablan un inglés bastante enredado aprendido en los suburbios pero se hacen entender  y conocen la ciudad como la palma de la mano.
 
Hablemos del tiempo en Washington.  Se termina el mes de octubre y empieza a enfriar desde la madrugada hasta media mañana.  Sin importar el frío matutino el cielo es límpidamente azul, profanado por las estelas que dejan las turbinas de los miles de aviones a reacción que cruzan incesantemente el cielo día y noche.  Esta ciudad es un destino turístico y político por excelencia.  Político porque aquí se mueven todos los hilos que gobiernan los 50 Estados de la Unión Americana.  Aquí hacen lobby (“lagartean” decimos nosotros) todos los políticos que quieren arrancarle jugosas tajadas al enorme pastel del Presupuesto Nacional que es de billones y billones de dólares, de tal manera que muchas calculadoras no tienen suficientes dígitos para “tirar cuentas”.
 
Por esta época pre-electoral (a finales de octubre),  llegan a los hoteles que quedan cerca a “Capitol Hill” (la Colina del Capitolio) miles y miles de personas todas  uniformadas con su infaltable traje negro y corbata de colores  chillones. Posiblemente tienen cita con el señor Secretario, el Sub-secretario o el CEO (tipo con mucho poder) de cualquier oficina gubernamental quienes, con sólo colocarle la firma a un documento,  mandan al individuo postulante a vivir bueno, con oficina “a todo taco” y con carro oficial para arriba y para abajo.  (¡Claro que estoy elucubrando, pero creo no estar lejos de la realidad!)
 
Ahora que menciono carros debo decir que poseer un automóvil último modelo en este país, no es ninguna gracia y sí una necesidad apremiante.  Es mucho más difícil para nosotros en Latino América conseguir un par de zapatos fiados, negros y trompones, tamaño 42.  ¡Esa sí es toda una odisea para muchas personas en cualquiera de nuestros países sub-desarrollados! Y como nuestros amigos norteamericanos no se bajan de sus carros sino para dormir o cambiar de ropa, pues poco caminan, consumen mucha comida rápida (“chatarra” la llamanos por aquí) porque como siempre están “a los vuelos” y por consiguiente engordan excesivamente.  El promedio de obesos en norteamérica es alarmante, yo diría que es un problema nacional.
 
Al mencionar estas “fallas” no quiero con ello decir que este es un país en decadencia.  Hay que reconocer que el norteamericano quiere y respeta a su país, cumple con sus leyes y, en muchos buenos aspectos, es un ejemplo para el mundo.  Por algo será que millones y millones de personas de otros países quieren venir a vivir aquí para poder disfrutar de lo que ni en sueños han podido lograr en sus países.  En este aspecto los Estados Unidos de América son de admirar.  Pero ello no obsta para que hasta el mismo norteamericano critique a sus gobernantes, en uso de su libertad de expresión consignada en la Constitución Nacional, algo muy grande que en otros países no puede ni soñarse.  Eso hace grande a Norteamérica.
 
Siempre he venido con gusto y admiración a los Estados Unidos.  Me han acogido bien y me he sentido bien.  Pero tengo una patria hermosa que siempre llevo y llevaré en mi corazón, la preciosa República de Colombia en donde nací y espero dejar mis huesos.  Ella, con todos sus problemas y su grandeza es y será el Amor de mi Vida.
 
Dejemos a un lado por el momento este patriotismo que nos hace un nudo en la garganta y volvamos a las ardillitas de Washington.  Esas son otras que siempre llevo en mi recuerdo desde el primer día que pisé el Campus de la Universidad Georgetown en Washington en un lejano 1962.  Las admiré desde el primer día que revolotearon alegres y atrevidas a mi alrededor.  Y al volver nuevamente 48 años después en el 2010 las encuentro tan divertidas, atrevidas  y lindas como en ese entonces.  Son las huéspedes indispensables de esta inolvidable universidad y de esta gran ciudad de Washington, Distrito de Columbia. ¡Cómo corre el tiempo ¿no?!
 
NOS VIMOS.

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