LAS LECCIONES DEL RUIZ A LOS 25 AÑOS DEL DESASTRE DE ARMERO* (Resumen)

LAS LECCIONES DEL RUIZ A LOS 25 AÑOS DEL DESASTRE DE ARMERO* (Resumen)

 

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Por Gonzalo Duque-Escobar **

 

 

Hipótesis para el Prefacio

 

La conmemoración de los 25 años de la erupción el Volcán Nevado del Ruiz ocurrida el 13 de noviembre de 1985, obliga a encontrar lecciones en las  experiencias científicas en torno a un desastre que según mi convicción pudo ser por lo menos mitigado. Para entonces el Estado no contaba con políticas ambientales ni de planificación ligadas a la dimensión de los riesgos, y la sociedad no había desarrollado esa cultura que demanda la adaptación a dichos fenómenos.

 

Si bien ese es el fundamento de la hipótesis que presento, a mi juicio existieron otros factores contribuyentes, cuya intervención pudo desmovilizar o neutralizar de forma oportuna los precarios activos del Estado  previstos para prevenir la tragedia. Entre, discutibles si se quiere por quedar en el plano de las impresiones, los intereses locales de quienes preocupados por la economía reclamaban la “desgalerización” de la ciudad y la irresponsabilidad de funcionarios clave justificándose en flacas y tardías acciones.

 

En la historia del volcán, el insigne investigador Jesús Emilio Ramírez S.J. describía las erupciones del Ruiz de 1595 y 1845, dando cuenta de sendos flujos de lodo que se esparcen en el valle de salida del Lagunilla, hechos que coincidirán con lo acaecido en 1985, solo que para entonces no existía la población de Armero. Los trabajos de Darrel Herd (1974), sobre vulcanismo y glaciación del complejo volcánico definitivamente le daban cimientos a esa historia.

 

Como el motivo es reflexionar para construir como colectivo, este aporte partirá de mis escritos, entrarán en juego la lectura de los desastres naturales que continúan surgiendo en la geografía del convulsionado país, además de las experiencias ya vividas con la coyuntura volcánica de 1985, e incluso las  acumuladas desde 1979 cuando participaba de las investigaciones del potencial geotérmico del complejo volcánico Ruiz Tolima. 

 

 

El alba de la coyuntura

 

Para empezar, un poco de historia sobre los antecedentes correspondientes a un primer período de esas inequívocas señales entregadas por el volcán, el de los meses previos a las erupciones del 11 de septiembre y del 13 de noviembre, de 1985.

 

La reactivación del Ruiz se advierte desde  el 22 de diciembre de 1984, y las primeras advertencias se vierten a Ingeominas iniciando 1985 con las recomendaciones de John Tomblin de la entonces Oficina de las Naciones Unidas para el Socorro en caso de Desastres – UNDRO- . Dos meses después se pública la noticia en el diario local La Patria, donde se dan a conocer los hechos advirtiendo que la actividad no era motivo de alarma.

 

El 23 de marzo de 1985 realizamos un seminario abierto y concurrido en el Aula Máxima de la Universidad Nacional de Colombia sede Manizales, en el que se informa sobre la reactivación del Volcán, sus erupciones históricas, y de los riesgos por posibles eventos esperados. Todo esto como resultado de un trabajo científico previo adelantado en el volcán por nuestro grupo de trabajo, compuesto por expertos voluntarios, profesores de las universidades locales, y miembros del Departamento de Geotermia de la CHEC.  

 

En mayo se recibe la visita del científico Minard Hall como delegado de UNDRO, quien reclama de nuevo la atención a las anteriores recomendaciones, señala la necesidad de acometer una gestión para la atención oportuna del riesgo priorizando las zonas habitadas y muestra en el lugar el potencial de flujos de lodo del edificio volcánico, consecuencia de los glaciares y materiales de arrastre disponibles.  

 

En julio, cuando ya se empieza a percibir el olor a azufre en Manizales, luego de intentar infructuosamente durante los meses precedentes obtener unos sismógrafos, y de haber recurrido al Cuerpo Suizo de Socorro para conseguirlos gracias a una gestión de Hans Meyer, se establece Ingeominas; el hecho en sí permite mostrar la importancia que se le daba al asunto en Bogotá.

 

En agosto llega Bruno Martinelli como respuesta del Cuerpo Suizo de Socorro, tras un mes de preparativos. Indudablemente estos meses perdidos al lado de la inexperiencia que nos asistía, serán una de las causas más relevantes en el trágico desenlace de los acontecimientos.

 

Para información de Ustedes, varios de los que actuábamos éramos de algún modo parte del equipo organizado desde 1979  por Ariel César Echeverri con la misión de investigar el potencial geotérmico del Ruiz, la mayoría ingenieros con 500 horas de instrucción en Geofísica entre los años 1983 y 1984 por parte de eminentes profesores de las escuelas italianas de Nápoles y Pisa, y dos de ellos con estudios en Geotermia. Del equipo hacíamos parte entre otros, Néstor García Parra QEPD, la geóloga Marta Lucía Calvache y Bernardo Salazar Arango como miembros del Departamento de Geotermia, además del grupo de geoquímica de aguas termales de la Universidad Nacional liderado por la Profesora Adela Londoño Carvajal.

 

 

Luces y sombras de la tragedia

 

Estando presto a salir para Suiza Bruno Martinelli donde se evaluaría la información fruto del trabajo de este geofísico de enorme dimensión humana quien un mes antes había cambiado un volcán de África por el de este escenario, al medio día del 11 de septiembre se produce una erupción freática cuyas cenizas llegan a Manizales para despejar las dudas de los más escépticos. Confieso que si bien desde 1979 estábamos investigando el tema de los volcanes, el evento nos llevó a esa extraña dimensión que señala Lévi-Strauss en Tristes Trópicos, porque frente a semejante fenómeno estábamos como quien cree saber de un extraño lugar porque colecciona sus imágenes, al que no ha viajado para sentir su compleja naturaleza y experimentar su carácter.

 

Esta erupción que se hace sentir en la ciudad y genera flujos de lodo que cierran la vía a Murillo, le da la connotación suprarregional al riesgo, y sobre todo detona la ya aplazada confección del mapa de amenazas del Ruiz. De lo ocurrido en ella, el equipo de Ingeominas pudo establecer, no solo la velocidad del pequeño flujo de lodo, sino también la certeza de su ocurrencia en caso de una erupción mayor, dato importante para estimar el tiempo disponible para evacuar a Armero.

 

Tras el evento, se crea el Comité de Estudios Vulcanológicos de la Comunidad Caldense bajo la coordinación de Pablo Medina Jaramillo con la secretaría científica de José Fernando Escobar Escobar como coordinador de Ficducal. Sus actas juiciosamente recolectadas dan testimonio de las actividades y esfuerzos de diferentes instituciones y autoridades de la ciudad, que  no encontraba el eco esperado en el gobierno central. Como ilustración: cuatro meses antes de la catástrofe aparece la famosa carta de la Jefe de la Oficina de Relaciones Internacionales del Ministerio de Educación, ofreciendo su mediación al gobernador de Caldas para que se le solicite por ese conducto a la Unesco “evitar que el volcán del Ruiz se reactive”.

 

A finales de septiembre, además del histórico debate del parlamentario Hernando Arango Monedero, calificado de apocalíptico en una respuesta del ministerio que se justifica con un pálido balance de acciones insustanciales, el citado Comité, conoce del Censo efectuado por Corpocaldas a lo largo del drenaje del Chinchiná y sus tributarios, y revisa una carta del Gobernador de Caldas para solicitarle al gobierno central acciones para atender la problemática. En ese estado de cosas, recuerdo haber solicitado incluir en ella tareas de preparación para la comunidad expuesta en las zonas de alto riesgo y llamar la atención al gobierno para proveer lo que se requiriera para los evacuados, incluyendo las personas que moran dentro de un radio de 10 Km y los pobladores de Armero, además de los censados.

 

Para entonces, los temidos tremores del volcán identificados finalmente por Martinelli, a juicio del equipo de sismología resultaban preocupantes, la columna de vapor alcanzaba alturas sostenidas que superaban los 10 km y se implementaban estrategias informativas que hacían uso del manual de UNDRO para el debido manejo de las emergencias volcánicas. Además, la ya visible exacerbación de la actividad fumarólica era interpretada por el grupo de geoquímica como evidencia de que se empezaban a generar los efectos decisivos previstos por W. Giggembach sobre el tapón del cráter Arenas, que conducirían a la erupción.

 

Entrado Octubre cuando en tan corto tiempo son notables los avances alcanzados en la confección del mapa de riesgos encomendado al equipo de geólogos de Ingeominas y la Universidad de Caldas, y por la implementación del modelo metodológico y teórico propuesto por W. Giggembach, entre otros asuntos faltaba monitorear la topografía del edificio volcánico para advertir las posibles deformaciones causadas por incrementos en el campo de esfuerzos. Entonces se concretan gestiones en el Comité para satisfacer las deficiencias e incertidumbres sobre un proceso urgido de complementos instrumentales y conceptuales, como son traer hasta Manizales a Franco Barberi desde Italia, a Rodolfo Van der Laat desde Costa Rica, a Minard Hall desde Ecuador y a Darrel Herd de Estados Unidos. Este, en una concurrida conferencia en la Universidad de Caldas desestima la ocurrencia de un desastre, a pesar de haber señalado en el Comité la importancia de las tareas hechas en virtud de riesgo existente.

 

Iniciando la segunda semana de octubre, aparece la versión preliminar del mapa de Riesgos Potenciales del V. N. del Ruiz, donde se señalan sus amenazas, entre las que se incluyen flujos de lodo de hasta medio centenar de metros de potencia dependiendo del nivel de riesgo de las zonas, asignándoles una probabilidad del 100% en caso de erupción importante, riadas que alcanzaban en dicha cartografía todas las zonas que efectivamente se bañaron de lahares, entre ellas Armero.

 

Entretanto las labores del monitoreo rudimentario continuaban, confiados en que a falta de un sistema telemétrico el volcán se anunciaría a distancia y que uno de nuestros miembros que permanecía en el lugar exponiendo su vida, observaba los sismógrafos para tener información en tiempo real, con la intensión de informar por radio de cualquier evento de carácter sorpresivo: ambos, volcán y hombre, cumplieron a cabalidad, pero la última señal no fue suficientemente interpretada como tampoco las que ya había dado el volcán.

 

Hasta aquí la corta extensión espacial y temporal del monitoreo sismológico y geoquímico, donde gravitaba la falta de observaciones, lo que impedía generar una línea de base para el volcán como instrumento con el cual se permitiera diagnosticar su estado.

 

Recuerdo cómo un día antes de la erupción, el grupo de geotermia descendió por última vez al fondo del cráter para tomar otra muestra de los gases. En esta riesgosa expedición no se reportaron cambios significativos del cráter. Pero al día siguiente, el de la erupción, siendo las 7: 30 PM cuando procedíamos a dar inicio al análisis geoquímico en el Laboratorio de la U.N., observábamos las muestras obtenidas con un aspecto turbio inquietante.

 

 

Noche de muerte y destrucción

 

Y a los pocos días de haber concluido la elaboración del mapa de amenazas, a pesar de la caída de cenizas que desde horas de la tarde afectaba a Armero, de las llamadas al cuerpo de bomberos de la “Ciudad blanca” efectuada desde uno de los municipios cordilleranos, de haberse informado el inicio de la erupción por la doble vía que se esperaba: la del  volcán y la del hombre, los flujos de lodo estimados después en 100 millones de metros cúbicos, descendieron raudos desde los glaciares del volcán nevado, avanzaron arrasándolo todo hasta alcanzar los poblados ubicados en los valles de salida de los ríos, donde  la población no fue evacuada.

 

Antes de la erupción del 13 de noviembre de 1985, previo al paroxismo de las 9:20 de la noche hora local, desde las 3:05 de la tarde hubo emisiones de ceniza, y antes del anochecer a modo de señal premonitora la arena volcánica y fragmentos de pómez caían sobre al poblado tolimense, en un ambiente enrarecido por un extraño olor azufrado.

 

Por la vertiente del Cauca las riadas tardaron  más de una hora hasta Ríoclaro y Chinchiná, y por la del Magdalena unas dos horas hasta Armero. En Armero los lahares, masas de lodo donde participan agua y sólidos por mitades, cubrieron con 2 m de lodos unos 30 km2 del valle. Posiblemente el trabajo que emprendimos a la fecha fue tomado como un simple ejercicio académico, o también la sistemática preocupación por la información que se daba en la prensa, dudosamente calificada de alarmista, terminó con sus voces por apagar las luces de sensibles periodistas y con ello por desmantelar una estrategia que pudo contribuir a la apropiación social de la prevención del desastre.

 

Calificados expertos de varios países, después de recopilar la información sobre los antecedentes y analizar los hechos, coincidieron en denominar esto como una catástrofe anunciada, mientras aquí unos y otros rompían sus vestiduras amparados en la imposibilidad de predecir el comportamiento de un volcán, para decir que la suerte padecida por unos 25000 colombianos fue culpa de la indómita naturaleza.

 

En comparación con los eventos históricos del Ruiz, acaecidos en 1595 y 1845, la que nos ocupa resultó ser la de los lahares más modestos y la erupción de menor magnitud. Además,  si bien esta erupción fue moderada, queda la lección para no subestimar estos eventos, dado que la del Ruiz (1985) con apenas 1/10 de km3 de magma aportado, por las 25000 vidas cobradas se ubica en el tercer lugar entre los desastres volcánicos más catastróficos del siglo XX, después del Tambora (1915) con 56000 víctimas y del Krakatoa (1883) con 36400.

 

Hace 25 años, a pesar del compromiso de la comunidad científica que asumió tareas, del esfuerzo de la cruz Roja y la Defensa Civil locales en materia de prevención, queda pendiente pagar un saldo que únicamente se liquida sin volver a repetir la tragedia de Armero. Y lo digo porque a pesar e todo, se carecía de una instrucción precisa, de unos medios mínimos y de unos procesos adecuados, para que la población evacuara frente a un evento sorpresivo, pero que también daba tiempo al menos para mitigar la desgracia. Esto es, la insuficiencia de la información gravitó ya que no resultó suficiente la historia y el mapa de riesgos, al faltar las instrucciones y el protocolo para evacuar, e incluso, los simulacros del caso.

 

 

Epílogo

 

Luego de los sucesos de Armero, ahora cuando se dan las frecuentes noticias sobre las crisis del Galeras, del Huila y del Cerro Machín, no dejamos de preocuparnos a pesar de saber que nuestros científicos de Ingeominas estén altamente capacitados, que se hayan hecho estudios sobre el riesgo y que se tengan mapas de amenaza y sistemas de monitoreo.

 

Esto porque a pesar de la existencia de un Sistema Nacional de Prevención y Atención de Desastres que ha hecho grandes esfuerzos y se ha consolidado, siempre quedan como preguntas: por qué las personas no evacuan y qué falta en términos tangibles e intangibles. Como evidencia de lo primero,  antes del terremoto del Quindío el Comité Local de Emergencias del pequeño municipio de Pijao, epicentro del sismo, no sólo se reunía y producía sus actas, sino que contaba con presupuesto y tomaba sus propias decisiones, tal cual lo hizo el 25 de enero de 1999 y días siguientes, a pesar de estar incomunicado el poblado y desarticulada su comunidad del contexto regional y nacional.

 

Y a partir de la problemática que existe en Pasto, donde en cada crisis del volcán se repite lo que se hizo en Manizales cuando se desdibujó una estrategia comunicativa con expresiones como “aquí todos éramos vulcanólogos”, posiblemente, el haber “galerizado a Armero” habría salvado a muchos de la hecatombe, del mismo modo que lo han hecho las comunidades indígenas con las avalanchas del Huila de abril de 2007.

 

La dimensión social, política, cultural y económica, podría darnos esas respuestas que espero no se resuelvan con nuevos desastres.

 

Con las nuevas leyes de la Cultura, del nuevo Sistema Ambiental y de la Reforma Urbana, hoy se contempla la dimensión de los desastres y se consagra el derecho de la participación ciudadana, pero urge implementar el riesgo, primero asegurando las acciones misionales de institutos como el Ingeominas y las de complemento de las autoridades ambientales. Y segundo, la previsión general que se materializa en mapas de amenaza para estudiar los riesgos naturales y asegurar el uso sostenible del suelo, temas para los cuales en materia de cartografía y de acciones de las autoridades territoriales, encontramos profundas deficiencias.


Esta loable y muy difícil labor para el caso de los volcanes activos, la han desarrollado oportunamente los científicos de Ingeominas en los tres segmentos de los Andes colombianos; pero en los planes de desarrollo y ordenamiento territorial y de ordenamiento ambiental de cuencas, sabemos no se contempla la dimensión regional ni se han aplicado los mapas de amenaza volcánica durante los períodos de calma, para proceder con una ocupación no conflictiva del suelo en términos de exposición o generación de riesgos.


Me temo que con esa visión de corto plazo y la baja propensión a las acciones estructurales señaladas, estamos desaprovechando el esfuerzo de muchas instituciones del país, como la de los vulcanólogos, comprometiendo  la suerte de la Nación y exponiendo varias comunidades vulnerables de Colombia.



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Fuentes, en:

http://en.scientificcommons.org/gonzalo_duque_escobar

http://www.bdigital.unal.edu.co/1685/

 

(*) Adaptado de Armero 25 años...el desastre y la erupción del Ruiz de 1985. Manizales, Noviembre 9 de 2010. www.bdigital.unal.edu.co/2281

(**) Gonzalo Duque Escobar, Profesor Universidad Nacional de Colombia. 

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