Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

LUNA AMARILLA, CIELO AZUL

Por Carlos A. Valencia O.
 
LUNA AMARILLA, CIELO AZUL (252)
 
Mucho antes de ser estudiante en la Escuela de Bellas Artes de Manizales, me llamaron la atenciòn dos colores: azul y amarillo.  Como que se prestan para expresar sentimientos del alma, producen una cierta sensación de romanticismo y de nostalgia.  Al menos eso me sucede, no sé si a ustedes los impactan lo mismo.
 
Ya mi amigo Sandy Alejandro Arcila, gran pintor, dibujante y retratista (que en paz descanse) me había introducido en las delicias de bosquejar, dibujar y pintar cosas simples como una casa vieja, un par de botines usados, un sombrero roto o un paraguas desvencijado.
 
Cualquera que no tenga un alma de artista para dibujar dirá que son temas que a nadie le interesan y arguyen que de ahí no puede salir cosa alguna que valga la pena.  Les digo que están muy equivocados, no saben la belleza que conlleva enfrentarse a un tema sencillo como los que antes describí ¿Por qué?  Simplemente porque es un reto, es un modelo, es algo que hay que plasmar sobre el papel, tal cual aparece en la realidad.
 
El Maestro Gonzalo Quintero fundador de la Escuela de Bellas Artes de Manizales en sus clases nos apilaba un montón de objetos incongruentes que no tenían relación entre sí como, por ejemplo,  un ladrillo, un pequeño tazón con flores silvestres y un zapato viejo con la suela despegada.  Y ahí teníamos trabajo como para toda una tarde.  Era una dicha enfrentarse a esas líneas, trazarlas guardando proporciones geométricas y un encuadre perfecto.
 
Recuerdo con mucho cariño esas horas espectaculares de dibujo en las cuales me “olvidaba del mundo y sus placeres” y me concentraba en trazar líneas delgadas, gruesas, horizontales, verticales, concurrentes, redondas o elípticas, no importaba ni la disposición ni el tamaño.  Era su Majestad el Dibujo apoderado de mi sér haciéndome olvidar todo lo demás.
 
Luego de nuestros ejercicios a lápiz carboncillo venían las sombras.  Aprender a echar sombras es un tanto de habilidad para distinguir entre las tenues, la suaves y las profundas con las cuales había que tener mucho cuidado para no estropear el dibujo, así como otro tanto de intuición y cierta “clase” para acertar.  Si el bosquejo fue bien logrado, una sombra mal echada a la ligera y sin usar esa intuición de lo cercano y lo lejano echa a perder más de un dibujo.  Venían luégo los colores que pueden convertir un mamarracho en una obra de arte o por el contrario arruinar una obra de arte con colores mal escogidos o mal aplicados.
 
Al llegar a este punto recuerdo con cierta emoción una película de Walt Disney titulada “El Dragón Chiflado” Se basaba más que todo en una visita a los Estudios de Walt Disney en donde mostraban todo el proceso del montaje de dibujos animados, desde los rudimentarios bosquejos hasta convertir esos dibujos en graciosos movimientos en líneas en blanco y negro  para luego colocarles los colores y así lograr la magia de una película en tecnicolor.
 
No me cansaba de estudiar ese derroche de pinturas de distintas tonalidades que cubrían los dibujos y los trasformaban en una sinfonía de radiantes colores: verdes, amarillos, rosados, blancos, azules que hacían volar mi imaginación.
 
Walt Disney utilizó mucho la magia del azul profundo para los cielos nocturnos y el amarillo intenso para la luna llena.  Porque no sé qué fibra íntima de mi sér tocaba esta linda combinación de colores que aún hoy me hacen sentir poético, nostálgico y filosófico a la vez.  Quedó grabada en mi memoria la escena de una noche plácidamente iluminada con fondo azul y una deliciosamente exagerada  e inmensa luna amarilla pintando con su luz las torres, las casas, los árboles de ese amarillo-saudade como dirían los brasileros.
 
Porque la luna siempre ha sido la compañera inseparable  de músicos, poetas y locos de lo cual todos tenemos un poco.  Y soltemos el lápiz y el pincel por un momento y armémonos de la pluma para imprimir un canto de amor como indispensable compañía para un Nocturnal bien pintado:
 
Yo quisiera contar
Una historia de amor
La historia de la luna
Que nos hace soñar
 
Luna, luna, luna
Mi compañera fiel
Luna, luna, luna
Esfera de papel
 
Mira lunita querida
Mi vida no es
Si está sin amor
Piensa que tú en el olvido
También has tenido
Desdenes del sol
 
Luna, luna, luna
¿En dónde está mi Amor?
 
Vieja pero hermosa canción, una de mis preferidas desde hace muchísimos años.  Empecé este relato bajo el título de “Luna amarilla, cielo azul” que fue lo que me impulsó a escribir lo que hoy he escrito, inspiración que saltó a mi recuerdo con la escena de un viejo cuento narrado al estilo Disney, precisamente como una linda postal, como dije antes, con cielo límpidamente azul y una atrevida luna robándose el espectáculo sobre un eglógico pueblito a media noche.
 
No me canso de alabar la magia del dibujo, no propiamente porque me crea un magnífico dibujante, pero les confieso que no dibujo nada mal cuando me entra el “virus” de hacerlo, virus que aparece de vez en cuando en mi vida para hacerme felíz.  Es el único virus beneficioso que yo conozco.  Porque hay otros que….¡Ave María!
 
En esos dichosos días agarro mi lápiz carboncillo y una hermosa hoja de dibujo y empiezo a gozar de la geometría de las cosas que me rodean.  Les digo que tengo una buena colección de dibujos que he titulado “Las cosas que nos rodean” empezando por mis útiles y agradecidas manos.  Soy felíz dibujando el delicioso desórden de mi mesa de trabajo en donde alternan mi reloj de pulso que mata inexorablemente segundos, minutos y horas. A su lado el indispensable bloc de apuntes que no puede faltar, compañero inseparable de mi imaginación.  Centímetros más allá los anteojos de sol que me protegen durante el día de los rayos ultra violeta.  A su derecha el monojo de llaves del carro, de la casa, del garaje, de mi escritorio que me recuerdan que sigo activo y disfrutando de la vida.
 
Un poco más allá el celular que me trae las voces de quienes amo y quienes me reconfortan y ayudan en mi periplo diario.  Descansando un poco hacia mi derecha el disc-man  con audífonos para nutrir mi alma de música.  Un poco más allá un arrume pequeño de libros: “Antología poética” de Antonio Machado, “El Cuarto Protocolo” de Frederick Forsyth, “Las Crisis de la Edad Adulta” de Gail Sheehy y el pequeño pero hermoso libro de Roque Schneider “El valor de las cosas pequeñas”.
 
Sobre el murito de la ventana que dá a un patio interior, desde hace varios años, me acompañan los modelos de un pequeño avioncito de caza “Spitfire” Inglés con su hélice de tres palas y lleno de gloria y de nostalgia porque salvó a su patria de la invasión Alemana en 1940 y años subsiguientes  y a su lado un triplano “Fokker” exactamente como el que piloteó el As Alemán Manfred Von Richthoffen “El Barón Rojo” en la Primera Guerra Mundial.  Este avioncito es un lindo regalo de un buen amigo Colombiano y gran saxofonista, que se gana la vida a golpes de saxofón en España: Joe Hans Betancourth.  Y por último el radiecito de 12 bandas Marca “Sony”. Mi compañero de insomnios.
 
Rodeado de todos estos pequeños amigos tan especiales y otros que no tengo tiempo de mencionar, me pregunto: ¿Para qué dinero en grandes cantidades si Dios me ha dado mucho más de lo que verdaderamente necesito?
 
Todos esos objetos los he dibujado para mi deleite, para mi satisfacción personal, no importa que no llegue a ser un gran dibujante, eso es lo de menos.  El dibujo ha sido mi discreto confidente desde mis años de escuela primaria, porque me ha hecho soñar y me ha proporcionado fuerzas para vivir.
 
NOS VIMOS.

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