Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

“MICHÍN” Y LOS CHORIZOS

Por Carlos A. Valencia O.

 

“MICHÍN” Y LOS CHORIZOS (250)
 
En un relato anterior hicimos clara referencia al gato “Michín”  estacionado en la casa de Aniceto Zuloaga y Hermenegilda González,  pareja legalmente casada ante Dios y el Registro Civil.  (Hago esta aclaración para que no crean que estaban viviendo “por el canasto”) Decíamos que tenían dos hijos: Marielita de siete años y Pedrito de diez.  (Lo de las edades no lo mencioné en el relato anterior).  También mencionábamos que don Aniceto era un trabajador del municipio en la Sección de Acueducto y Alcantarillado y terminamos diciendo que este señor era un bebedor empedernido.
 
Para qué repetimos la historia si ustedes ya saben lo que pasó entre marido y mujer con un desenlace que pudo ser fatal ante la violencia extrema de Aniceto con su familia.  En un arranque de locura, de irresponsabilidad, en medio de su borrachera, Aniceto golpeó violentamente no sólo a sus hijitos, a su esposa Hermenegilda y a la perrita “Muñeca”.  Como ustedes lo saben este episodio terminó con el “sartenazo” que doña Hermenegilda le pegó en la cabeza a su marido, poniéndolo a dormir durante tres días, de domingo a martes.
 
O sea que el hombrecito casi acaba con su casa y con su familia.  El único que se escapó y eso porque esa mañana no estaba en su casa sino planeando el robo de unos chorizos que colgaban meciéndose tentadoramente en la cocina de la casa vecina, fue el gato “Michín”.  A ese gato  es a quien deseo dedicarme en este relato.  ¿Por qué?  Se preguntarán ustedes.  Tengo mis razones y permítanme explicarles algunas.
 
En primer lugar debo decir que hace muchos años hubo en la casa de mis padres un gato que fue inolvidable.  Le pusimos por nombre “Jeróz”.  Fue un fiel compañero durante muchísimos años de quien nunca tuvimos nada que objetar: era buena compañía, buen cazador de ratones, no era ladrón, nos acompañaba donde quiera que íbamos, siempre dormìa en la casa y si tenía sus citas “amorosas” pues lo hacía tan discretamente y sin chillidos que nunca le conocimos ninguna novia, “esposa” o amante.  Era un gato perfecto y no estoy exagerando.  Un buen día, cuando se sintió viejo, posiblemente para no causarnos el dolor de verlo sufrir, simplemente se fue para nunca más volver.  Quizás se fue a morir en cualquier zanja o subterráneo lejos de la conmiseración de los que lo quisimos.  Me pareció que algún día tenía que hacerle un homenaje y estas líneas llenan ese cometido.  Esto que les acabo de contar es verídico.
 
Por otra parte debo decir que siempre, desde que estaba muy pequeño, me han gustado los animales especialemnte las vacas, los terneros, los caballos, lo perros y naturalmente los gatos.  También me gusta algún  tigre, león o elefante pero de lejitos.  A las que sí no les tengo mucho afecto son  las culebras.  Mi contacto con los animales domésticos me ha dejado gratos recuerdos de una niñez y una juventud dedicada al trabajo, al estudio y a la diversión con estos compañeritos tan indispensables en mi vida.
 
Otra cosa que quiero anticiparles es que me voy a “introducir” en la manera de pensar y de ver las cosas desde una óptica animal, creo que muy distinta a nuestro raciocinio.  Otras personas lo han hecho antes, por ejemplo nuestro gran escritor José Manuel Marroquín quien se metió en el cuero de un caballo para poder narrar alegrías y desventuras de un equino, desde que era un potrico, hasta convertirse en un caballo maduro.  “El Moro” era el título de ese libro.
 
Empiezo diciendo que “Michín”, el gato de nuestro cuento, nunca olvidó la tentación de la sarta de chorizos madurándose colgados de una viga en la cocina de los vecinos, porque se le volvió una obsesión alzarse con tan apetitoso trofeo.  Pasaba tardes enteras mirando la ventana de la cocina tirando medidas cómo penetrar subrepticiamente, cómo sacarle el bulto a ese “mastodonte” de perro que se habían conseguido los vecinos para cuidar la casa, perro que lo “había hecho ver el diablo por un portillo”
 
Es que si lo llegaba a agarrar “Nerón” (¡vaya nombrecito para un perro “asesino”!) con esas mandíbulas parecidas a mandarrias con las que picaban piedra, no le quedaría cuero ni para forrar un pequeño tambor. Esa era su primera preocupación.
 
Por otro lado tenemos que considerar que “Nerón” también tenía sus preocupaciones.  Como a “Michín” a él tampoco le eran indiferentes los chorizos tentadoramente colgados en esa viga.  Pero la más importante de sus preocupaciones no era ni los chorizos, ni el gato sino los dueños de casa que lo podrían moler a palos si él traicionaba su confianza.  ¡Vaya dilema!
 
“Muñeca”, la perrita de los niños, también tenía sus propios problemas.  Estaba entrando en celo, quería tener perritos, pero no deseaba que cualquier “chandoso” vagabundo y maloliente fuera el padre de su prole.  No le disgustaba que “Nerón”, con su presencia de macho machote,  fuera el escogido, aunque lo veía muy grande para su tamaño de perrita casera.  Ella pensó que en su debida oportunidad ellos dos verían “cómo se arreglaban las cargas”.  Hay que tener en cuenta que el amor y la pasión tienen sus propias razones, su propio idioma y su manera de hacer las cosas, por difíciles que parezcan.
 
¿Se están dando cuenta ustedes mis buenos amigos y amigas del lío tan berraco en el que nos estamos metiendo?  Díganme ustedes: ¿cómo vamos a desenredar esta pita?  Porque tenemos varios elementos a considerar: dos perros y un gato por un lado; el romance y el robo por el otro; un escenario de barrio pobre no propiamente adecuado para armar una inolvidable trama estilo Agatha Christie o Sir Arthur Conan Doyle.  Pero lo que si hay es mucha tela para cortar y como dicen los manitos Mejicanos: “¡pos no somos machos pero somos muchos!”  Y ahí vamos de cabeza hasta el fondo del problema y debemos enfrentarnos a las circunstancias y darle “materile” a este asunto.  Empecemos por el gato y pongámoslo a pensar:
 
“¡Con perro o sin perro esos chorizos me los como porque me los como!  ¿Pero cómo diablos me quito de encima ese desgraciado perro?”  Resulta que la fortuna está con los valientes.  En ese mismo instante “Nerón” también está pensando: ¡Ufff qué olor tan delicioso y sensual.  ¿De dónde viene? ¿Por qué el amor llega a mi puerta sin llamarlo?”  Está como romántico el perrito ¿no?  Porque sucede que los olores afrodisíacos que emite “Muñeca” en su celo han traspasado la distancia entre las dos casas.  “Nerón” se pone frenético, se levanta olfateando el delicioso y perturbador olor, traspasa los límites de las dos viviendas y llega junto a su “Amada Muñeca” antes que aparezca una “tracamandada” de perros callejeros a hacerle competencia por el trofeo.  ¡Y ahí fue Troya o algo muy parecido a la toma de la ciudad, lanza en ristre!  Y no se les olvide que lo que hizo Príamo fue por amor a la bella Elena.
 
“Michín” vió que la oportunidad “la pintaban calva” sin ese perro cuidando la casa, y raudo bajó del tejado, trepó a la ventana, calculó fríamente la distancia entre ventana y chorizos, saltó atléticamente, felinamente y quedó fuertemente agarrado al sartal de deliciosos embutidos.  Pero…
 
¡No podía faltar el pero! Los chorizos estaban fuertemente amarrados a la viga con una cabuya.  El peso del gato resquebrajó la vieja y traqueante viga, ésta cedió, se partió y se vino a tierra con zarzo, tejas, esterillas, pedazos de pared, anaqueles, ollas y utensilios de cocina… ¡Todo un desastre y un ruido espantoso!
 
Bajo esa cantidad de escombros “Michín” del susto se olvidó del condumio, del robo, de todo y a duras penas logró salir lleno de raspaduras y golpes y escapó amparado por las sombras cómplices de la noche.  Inmediatamente se sintieron los gritos de horror del vecindario:
 
-        ¡TEEEMBLOR…. TEEEEMBLOR… ESTÁ TEMBLANDO.  SAQUEN LOS NIÑOS… OLVÍDENSE DE LAS COSAS… CORRAN…. ¡SANTO DIOS, SANTO FUERTE, SANTO PODEROSO, TENED MISERICORDIA DE NOSOTROS!
 
En menos de un minuto todo el barrio estaba en la mitad de la calle, todos los habitantes en paños menores, algunos en piyama, otros hasta desnudos, todos temblando de miedo.  Mientras tanto “Michín”, el causante del alboroto, lamía sus heridas en el tejado de la casa.
 
“Nerón”, que estaba “en la fina” de sus escarceos amorosos con “Muñeca”, saltó de allí como un resorte con el corazón en la boca del susto y como buen perro guardián fue a ocupar su sitio junto a los escombros de su casa, evitando así que lo juzgaran negligente como celador.  Moraleja: (ya la he mencionado muchas veces antes) como lo diría nuestro poeta: “Pues en más de una ocasión sale lo que no se espera…”
 
Amigos y amigas: Creo que le logramos poner un final aceptable a esta odisea.  Lamento mucho que el pobre “Michín” no se haya podido comer esos chorizos ni que”Nerón” haya podido concretar el comprosimo de tener descendientes con “Muñeca”.  Otra vez quizás será y creo que estaremos pendientes del desenlace, porque para serles sincero, yo hubiera querido que todo esto terminara de una manera más romántica y acomodada a las posibles circunstancias.
 
Pensándolo bien…. de pronto hasta se nos ocurre seguir muy de cerca las futuras aventuras de estos personajes.  La idea no me disgusta porque, ¿saben? He estado pensando que si “Michín”, por esos avatares del destino…  esteee…  pues…    ¡NO… la verdad es que por el momento no se me ocurre algo que valga la pena, pero como la imaginación es tan traviesa, podría ser que los dueños de la casa que se cayó en el ficticio temblor decidieran…. ¿qué sé yo?  
 
O quizás podría documentarme mejor, revisar algunos archivos gatunos y perrunos, averiguar sobre las familias de “Muñeca”, “Nerón” y “Michín”.  A lo mejor descubriríamos datos históricos de mucha importancia.  Sería como indagar simplemente o… ¡Ahgg… dejemos la cosa así por hoy!
 
NOS VIMOS.

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