Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

Divagación sobre cuatro letras

El ADN del hombre de Internet incluye una tendencia ancestral a observar traseros.
 
Más que aberración de viejito verde, se trata de un inofensivo pasatiempo masculino que suele criticarnos el eterno femenino cuando nos pesca con las manos (ojos) en la masa ajena.
Ese pecadillo de mirones no daría para diez minutos de Purgatorio, si finalmente existe este teológico Cartagena sin mar.

Lo primero que admiramos en ellas son sus posaderas. Si la mujer viene de frente, esperaremos que pase toda para posar la mirada en la tierra prometida de sus cuartos traseros. Cuando se sienten miradas, admiradas, deseadas, las caderas agarran cierto rítmico mazamorreo. Extraña forma de dar las gracias.
 
El gurú de la logia de mirones es Don Abundio que nació de una colección de glúteos en los ojos de su creador, el voyerista Frank Ridgeway.
 
Nuestro patrono, Abundio, formó parte del 37% que en una votación promovida por el portal estadounidense WENN escogió el caderamen de la actriz, cantante, bailarina, empresaria y diseñadora Jennifer López, J. Lo., como el mejor del mundo. (Los traseros pluscuamperfectos, como la tierra, están mal repartidos).
 
De tercera, con 18%, quedó Shakira. En el caso de estas divas “las caderas no mienten”, diría la ráfaga barranquillera.
 
Si Colombia es pasión, también lo son las caderas de la Mebarak. El nuevo gobierno que está rompiendo paradigmas, está en mora de promover turísticamente la parte donde se evapora la espalda del amor del che Antonio.

J.Lo., mujer de Marc, compartió con sus colegas de género el secreto para conservar repisero, erguido, respingado, su tafanario: ejercicios en cuclillas y pesas.
 
La neoyorkina está encantada de que la aldea global se babee pensando en su traspuntín, cola, antifonario o pompis, otros de los alias de tan taquillero lugar.
 
Ahora, si la virginidad fue puesta en el lugar equivocado, al decir de Regina Once, nadie se imagina las cuatro letras en sitio diferente.
 
Según el arbitrario teléfono de la estética universalmente aceptado, las medidas ideales para que una mujer haga subir al varón domado por las paredes de sus ganas, son 90-60-90. Para perturbar, pues, una mujer debe ser milimétricamente echada pa delante y pa trás.
 
Mujeres hay que estudian desde chiquitas para tener una retaguardia de 90 centímetros. En última instancia, pueden recurrir a su majestad la silicona, esa mentira con los ojos azules. O al cirujano plástico, siempre dispuesto a inflar lo que natura dio tacañamente.
También está disponible la opción del up lift, imaginado en Italia pero mejorado en USA. ¿Su oficio? Levantar nalgas que van “cuesta abajo en su rodada”. El proletario estropajo se puede utilizar como bisturí de pedal para menesteres similares.
 
La mujer prefiere espejos que la reflejen íntegra, porque después de mentir sobre su rostro con toda clase de menjurjes, enseguida consentirá el barbajacobiano táparo que la sigue a todas partes como su sombra.

Cómo estará de estratégicamente bien colocado el jopo que cuando doblan una esquina, muchas divas privilegiadas se despiden con sus caderas. No en vano se dice que hay “cuatroletras” que sacan la cara por ellas.

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