Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

LA BOTELLA

Por Carlos A. Valencia O.

 

LA BOTELLA (241)
 
En mi relato anterior me referí a una copa de vino y como una rara coincidencia vi una vieja película, en blanco y negro, realizada hace más de 50 años, con las actuaciones de Ray Milland y Jane Wyman, la primera esposa del Presidente Ronald Reagan, ya fallecido.
 
El título en inglés de esta película es el de The Lost Weekend (El fin de semana perdido).  Debo resaltar la actuación de Ray y Jane.  Él hace el papel de un escritor dominado por el alcohol, un borracho impenitente que llega hasta el robo para conseguir una botella de whisky.  El alcohol lo ha agarrado con mano de hierro y no lo suelta.  ¡Ah… olvidaba decir que el nombre de este borrachito es el de John Birnam!  Esta película nos lleva hasta los más escalofriantes sitios, como por ejemplo un manicomio en donde tratan de curar pacientes con Delirium Tremens.  Escenas terribles de pobres tipos convertidos en guiñapos humanos, suplicando por un trago.
 
Es un documento fílmico basado en hechos reales, película en la que han cambiado los nombres verdaderos de los personajes por nombres ficticios con el fin de proteger la intimidad de los reales protagonistas.  Por otro lado está la historia paralela de Jane quien se enamora de borrachito este y trata de rescatarlo para la vida normal.  Pero el hombrecito no se deja y sufre y hace sufrir a su enamorada.
 
Uno no se explica el motivo de esta devoción de muchas mujeres por hombres quienes prácticamente son casos perdidos.  Y esto sucede no sólo en las películas sino también en la vida real.  Son historias de la existencia cotidiana.  Historias de pobres tipos que empezaron bebiendo por hobby, por pasar el rato y terminaron haciéndolo por la apremiante necesidad del vicio, hundiéndose cada día más y más en el tenebroso piélago del alcoholismo.  ¡Pobre hígado azotado por el veneno de tanto alcohol!
 
Y ese peligro está muy latente entre nosotros.  Nuestros jóvenes empiezan a consumir bebidas alcohólicas desde muy temprana  edad.  Es muy probable que en la mayoría de los casos recibieran el mal ejemplo en sus propias casas, de parte de sus familiares  y amigos.  Desgraciada y paradójicamente el sueldo de nuestros maestros se paga (o se pagaba) con las entradas  de la venta de licores a nivel municipal y departamental.  No sé si todavía subsiste, como en otros años, la costumbre pagar la educación en los estancos.  Por lo menos así era cuando yo estaba chiquito: los maestros recibían sus sueldos cuando entraba algo de dinero al estanco, cosa aberrante y contraproducente.  Dá lástima pensar que el aguardiente es el combustible de la educación.  Hay que vivir para constatar. 
 
Volviendo a nuestro cuento de John Birnam y Jane, digamos que la niña ésta logra que nuestro personaje se regenere y al final de la película, y antes de que apaguen el conocidísimo letrero de The End, el hombre tira a la caneca de la basura la última media botella de whisky y le promete a su novia que, desde ese momento, empezará a terminar la novela que tanto ha tramado durante años y años,  con un título diciente: The Bottle, La botella.  Ustedes ya colegirán la escena final con largísimo y apasionado beso incluido.  (Tenía que ser una película hecha en Hollywood para que tuviera un final felíz)
 
Es muy probable que esa película no fuera gran cosa, pero por lo menos me hizo pensar seriamente en esos miles y miles, quizás millones, de  hombres y hasta de mujeres que han entregado sus cuerpos y sus almas al alcohol.  Pero en realidad no estamos libres de un drama que puede destruirles sus vidas  a los adolescentes y aún a los niños.  Pero los jóvenes no se dan cuenta que con el alcohol están empezando a dañar sus existencias, no quieren darse darse por enterados que pueden dañar su futuro desde ahora con años de anticipación.  O como dice un amigo mío con mucha sabiduría: “Beba ahora y destruya su vida después”.  Duro pero es la verdad.  Médicamente está comprobado que algunas personas nacen con la propensión al alcoholismo.  No pueden ver un simple trago porque se les trastorna el día.
 
¿Quién va a negar que tomar unos cuantos tragos no produce una cierta euforia, una deliciosa dejadez?  Pero para algunas personas es fatal porque “se les revientan los frenos, se les gastan las bandas” y tranquilamente pueden convertir una fiesta de familia en un zafarrancho, hasta con heridas y muertos incluídos.  ¡Qué insensatez!  Es la desgracia del trago que hace perder la noción de respeto y responsabilidad.
 
Amigas y amigos: ustedes me perdonan que les hable  como si lo hiciera a muchachos chiquitos, pero la ocasión lo amerita.   Fíjense ustedes en las páginas rojas de los periódicos y verán que muchos problemas y muertes son causados  por personas en estado de alicoramiento extremo. 
 
Es que el borracho se crée el más guapo, inteligente y listo de la fiesta.  Y si alguien lo invita a calmarse, o a sentarse, o a dialogar en un discreto rincón,  simplemente rehusa aún a que se le ponga la mano encima.  Se vuelve intolerante y agresivo y no cesa de buscar problemas  hasta meterse en un lío de la madona. 
 
El alcoholismo es una enfermedad muy frecuente entre nosotros porque fomentamos el consumo y  no debemos quejarnos por las graves consecuencias.  ¿Por qué será que en nuestro medio siempre tenemos que celebrar a base licor y bebemos hasta quedar como unas billeteras viejas?
 
No niego, lo repito, que unos cuantos tragos tomados con cierta discreción hacen la conversación más fluída.  Otras veces destapan el ingenio de los circunstantes y se le pone cierta nota de alegría al ambiente.  Todo esto está muy bien, siempre y cuando no nos volvamos unos borrachitos cansones, atrevidos y groseros.  Cuando se intuye que puede llegarse a ese punto lo mejor es “apagá y vámonos” porque se ha acabado la sana diversión y en su lugar entró la chabacanería y el mal gusto.
 
No es que me estén pagando para dar consejos, ni pertenezco a organización alguna que rescate el borracho del arroyo.  No señoras y señores: simplemente es “jarto” cuando uno o más tipos se “tiran” una fiesta con su comportamiento de beodos.  Mejor me voy a mi casita a leer o a escuchar música, aunque pase por maleducado con la dueña de casa que me invitó.  Ella me sabrá perdonar.
 
NOS VIMOS.

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