Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

VENDEDOR DE PERIÓDICOS

Por Carlos A. Valencia O.

 

VENDEDOR DE PERIÓDICOS (228)
 
Muchas personas, cuándo éramos niños, vendimos periódicos, en una época en la que las subscripciones no existían y los “Voceadores de periódicos” los ofrecíamos de casa en casa. Me refiero a chicos de bajos recursos económicos que ejercíamos esta labor en las madrugadas, antes de ir a la escuela a las 8 de la mañana y como fuente de ingresos para comprar libros y cuadernos.  Eso sucedió cuando yo era un niño entre los 8 y los 11 años de edad.
 
Tiene sus ventajas y muchas.  En primer lugar se adquiere un grado de responsabilidad ante la vida, se aprende a conseguir un dinero  que mitiga necesidades hogareñas y por ende, en esos años, (hablo de la década entre 1930 y 1940, historia antigua para muchos de ustedes), se adquiría “de rebote” una especie de educación que no conseguíamos en la escuela, porque en esos años el principal medio de información era la radio, no había muchos radio-receptores porque muchas familias no tenían con qué comprarlos y las noticias nos llegaban más bien tranochadas.
 
Entonces no existía ni la televisión ni la inmediatez de la Internet y mucho menos la telefonía celular.  Hogar que tenía un teléfono era casa de personas pudientes.  Luego el muchachito que vendía los periódicos tenía que leer, por obligación al menos los titulares de los diarios que vendía, lo que lo convertía en un “autodidacta de la información”
 
Fueron años duros pero que fueron dejando su huella de gratitud y de conocimientos que constituyeron parte de nuestra educación informal actual.  Digo que fueron años duros porque teníamos que salir de la cama entre las 3 y media y las 4 de la mañana, sin tiempo de tomar siquiera un pocillo de agua de panela porque a esa hora la mamá no había preparado el desayuno.
 
Se llegaba a los talleres editoriales de “La Patria (en los bajos del actual Banco de Colombia) y de La Mañana” (en los bajos de la antigua Caja Agraria) para comprar los 20 o 30 periódicos los que, si se lograban vender en su totalidad, dejaban una ganancia entre 10 y 12 centavos.  Digo CENTAVOS Y NO PESOS porque entonces la devaluación de la Moneda Colombiana no era tan fuerte y con centavos se lograban comprar cosas que actualmente no se consiguen con pesos.  Un ejemplo: con una moneda de DOS CENTAVOS podrías comprar cuatro bananos, una cuca y un helado. ¿Qué tal, ah? Debo decir que también tuve la ocasión de vender dos periódicos de Bogotá: “El Tiempo” y “El Liberal”, este último desaparecido hace muchos años.  Estos dos periódicos llegaban a Manizales al día siguiente de su publicación.
 
Para poder dar una idea del poder adquisitivo del dinero, habría que decir que una persona millonaria de ese entonces era aquella que lograba reunir UN MILLON DE PESOS cifra astronómica para ese entonces, suma que en la actualidad sólo alcanza para pagar las facturas de agua, luz, teléfono y, con mucho trabajo, el Impuesto Predial.  Queda faltando para cubrir otras necesidades como mercado, algo de ropa y pare de contar.
 
Volvamos a lo de la venta de periódicos.  Cinco de la mañana en estas frías calles de Manizales, llueva, truene o relampaguée y el muchachito gritando a voz en cuello su mercancía, “a pata limpia” (los zapatos eran para los muchachitos pudientes), tropezando en esas calles empedradas (todavía el cemento y el asfalto no cubrían la mayoría de las vías) y rogando para que los parroquianos madrugadores nos compraran cada ejemplar.
 
Los voceadores nos guarecíamos de la lluvia  en cualquier portón acogedor mientras mejoraba el tiempo, momentos que utilizábamos para hojear el periódico y enterarnos de las últimas noticias.  Titulares como estos, por ejemplo: “Los Finlandeses detienen a los Rusos en la Región de Karelia y en el Lago Ladoga”, “Las Divisones Panzer Alemanas ocupan a Varsovia”, “Los Ejércitos Aliados retroceden hacia Dunquerque frente al Canal de La Mancha”.
 
La Segunda Guerra Mundial nos parecía tan lejana como si fuera un cuento reforzado inventado para vender periódicos, pero la cosa era más seria de lo que publicaban los diarios.  Quizás la inmediatez de la información se lograba en los radio-receptores de onda corta: la BBC de Londres, la Voz de los Estados Unidos de América, Radio Berlín, emisoras que nos llenaban la cabeza de propaganda de uno y otro lado.
 
Las dos horas de venta de los periódicos pasaban fugaces y se “escurrían” de 5 a 7 am, hora de llegar a casa, todos empapados de agua y a cambiar de calzones cortos (todavía no usábamos pantalones largos porque esos eran para los mayores de edad) y a desayunar chocolate con arepa “voliada” y a salir para la escuela que empezaba a las 8 de la mañana.
 
Duro el tajo, pero nos parecía lo más normal del mundo porque nos educaron para trabajar y no para descansar.  Era tan fuerte ese “brete” de trabajo y escuela, que nos parecía raro que existieran las vacaciones.  Esas eran para trabajar más, mucho más, porque no teníamos la obligación de ir a estudiar.  Y les aseguro que no estoy exagerando.  En las vacaciones la agenda (como dicen ahora) estaba repleta: venta de periódicos, desayuno, barrida del patio para recoger cagajón de vacas y terneros que mis tíos tenían, arreo de esos animales al potrero que quedaba como a dos kilómetros de distancia por el camino del medio, recogida de cáscaras y aguamasa para alimentarlos (eso se hacía de casa en casa en los barrios vecinos en un costal) luego almuerzo en la cocina de la casa (en ese entonces la gente pobre no tenía comedor), salida a recoger el almuerzo en par portacomidas desde el Restaurante “Madrid” (por los lados de las Galerías) para llevarlos a  las casas de don Roberto Rubio y don Martiniano Bedoya.  Por este concepto entraban un peso y 20 centavos mensuales por cada domicilio (eso incluía trasporte de almuerzo y comida) y con esa plata mi mamá compraba medias, zapatos, batas para las hermanitas y parte del mercado de la casa.  Y ustedes pensarán que estoy exagerando pero les juro que la cosa era así.  Y lo más admirable era que los muchachitos de entonces lo aceptábamos porque se aplicaba aquel dicho de “el marrano como lo crian”.
 
No obstante lográbamos sacarle el bulto a semejante horario tan apretado para unos ingenuos juegos de bolas de cristal, trompos, guerra libertadora, partido de futbol, el más desorganizado del mundo, porque éramos todos contra todos dándole patadas a una pelota de trapo que se deshilachaba a los diez minutos de estar en juego o a una vejiga de marrano amarrada con una cabuya para que no se le escapara el aire.  Todos estos juegos se hacían en la calle frente a nuestras casas bajo la mirada escrutadora y vigilante de padres, madres, tíos y tías.  ¡Pero gozábamos como un berraco!
 
Mirando en retrospectiva que creo que todas estas actividades nos formaron como personas de bien.  No teníamos tiempo de ponernos a pensar pendejadas o a tramar acciones indebidas contra personas o cosas.  De vez en cuando hacíamos una que otra pilatuna inocua que pagábamos con unos “juetazos” en las  nalgas.  Cuando terminaba el día nos tirábamos a la cama muertos del cansancio de “voliar tieso y parejo”.
 
A ratos me pongo a pensar que si me fuera permitido volver empezar a vivir y pudiera escoger, seguramente volvería a pasar por todo aquello que me formó como persona.  Fui felíz y dentro de la escasez aprendí a vivir con poco, pero nunca me faltó lo indispensable gracias a los desvelos de mis padres y familiares.  Porque alguien dijo que “no es rico quien posee mucho, sino quien aprende a vivir con lo que tiene y lo disfruta”
 
Y a mí no se me ha podido quitar el vicio de estar filosofando sobre cualquier pendejada.  Pero estoy seguro que ustedes tan indulgentes me sabrán perdonar.
 
NOS VIMOS.

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