Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

UN VIAJE A MÉJICO

Por Carlos A. Valencia O.

 

UN VIAJE A MÉJICO (226)

 
Su marido y ella por fin lograron el sueño de su vida: ir a Méjico.  Durante muchos años calladamente, sin decirle a nadie, estuvieron planeando ese viaje maravilloso, aunque casi imposible porque sus recursos económicos eran escasos.  Pero soñar no cuesta nada.  Sin que sus hijos lo supieran fueron a varias oficinas de turismo simplemente a preguntar, sólo por alimentar sus deseos y siempre les salían con el cuento que lo más indicado era conocer a Europa.  Y les “pintaban pajaritos de oro” con España y sus cuevas del Sacromonte, Madrid y su monumental Plaza de Toros, de Valencia, sus paisajes y sus naranjales, de las Islas Canarias y el hermoso mar.
 
Pero a ellos “no se les abrían las alitas del corazón” con ninguna de esas maravillas. Y el hombrecito volvía a la carga con Roma y su Coliseo, el Vaticano, el Santo Padre y todas las maravillas de la Ciudad Eterna, además de Venecia y sus románticos canales, Milán y su Escala, las óperas de Verdi, de Rossini, las pinturas y esculturas de Miguel Angel y tantos grandes de la paleta y el cincel.
 
Pero ellos no estaban preparados para tanto derroche de arte, música y cultura.  Eran personas sencillas que escasamente habían estudiado hasta tercer año de primaria y empezaron a trabajar muy jóvenes, desde que dejaron la escuela para ayudar a la crianza de sus hermanos y el sostenimiento de sus humildes hogares.
 
Y se conocieron cuando don Nicanor tenía 19 años y doña Cecilia escasos dieciséis y fue un amor ardiente.  Se casaron a los seis meses de noviazgo y empezaron a tener muchachitos a razón de uno por año hasta completar diez: cinco mujeres: Celia, Alicia, Graciela, Maruja y Tatiana.  Y cinco muchachitos: Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto y José.  Afortunadamente todos resultaron muy buenos hijos, estudiaron muy juiciosos y juiciosas hasta que dos de sus hijas Alicia y Graciela terminaron sus carreras de Bacteriología y Administración de Empresas.  Consiguieron puestos aceptables, empezaron a conseguir platica, a echar para adelante para ayudarle a sus viejos.  Las otras tres muchachas se casaron bien casadas y formaron hogares como el de sus padres.
 
En cuanto a Pedro y Jacinto se dedicaron a trabajar como conductores de camiones y terminaron ahorrando, y con la ayuda de sus otros hermanos, compraron una tractomula que transportaba mercancías entre el interior y la costa atlántica: Cartagena, Barranquilla y Santa Marta.  En pocos años consiguieron otros vehículos de propiedad de toda la familia. 
 
Pablo, Chucho y José hicieron cursos en el Sena y se ubicaron bien: Pablo se especializó como Tornero y montó su taller.  Chucho estudió gastronomía y con la ayuda de sus hermanos montó un restaurante en un barrio residencial al que le puso el nombre de “Chez Choucheau”.  Con ese nombrecito (con ortografía Francesa y fonética Española) y con su guiso exquisito se hizo tan famoso que había formar cola para almorzar allá.  José resultó de visitador médico, ofreciendo productos farmacéuticos, bien vestido, bien remunerado y tenía hasta estampa de doctor, lo que le sirvió para conquistar a la hermosa hija de un viejo con plata y organizó su vida.
 
Los diez hermanos se reunieron, sin que los viejos lo supieran, con motivo de los 40 años de matrimonio de sus padres y decidieron darles una sorpresa: cambiarles el viejo rancho en Estrato tres por una hermosa casa en barrio residencial de Estrato seis.  Y en segundo lugar darles un viaje al exterior, dónde ellos quisieran ir.  Y ese domingo, luego de la Misa Conmemorativa de Acción de Gracias por su cuadragésimo aniversario de Bodas, viejos, hijos, yernos, nueras y nietos, un total de 23 personas, se reunieron en la residencia ancestral y “tiraron la casa por la ventana” con mariachis, torta gigantesca y elegante almuerzo previamente contratado.  A doña Cecilia se le hizo raro que, por primera vez en su vida, no se había tenido que meter a la cocina a hacerles el almuerzo a todos.  Le pareció el mejor regalo del mundo.
 
Don Nicanor y doña Cecilia no lo podían creer: tanto derroche, tanta magnanimidad, tanto agradecimiento de sus diez hijos no les cabía en la cabeza.  Pensaban que no era para tanto porque ellos sencillamente habían cumplido con su deber y daban gracias a Dios por haber tenido una familia tan hermosa. 
 
Y al final de todo, la entrega de los tiquetes de avión para viajar a Méjico.  ¿Cómo era posible que ellos lo hubieran adivinado cuando a nadie le habían hablado de su sueño dorado?  Ese era un verdadero milagro:
 
-        Oiste Nicanor: a mi me gustaba mucho la idea de conocer la extranja, pero yo no quería ir a las Europas porque allá no hablan Cristiano y no íbamos a entender nada.
-        Claro que en España dizque hablan lo mismo que nosotros pero eso está muy lejos y hay que volar como quince horas sobre el mar.  Imaginate que se caiga el avión y ni vos ni yo sabemos nadar.
-        Siii… estos muchachos nuestros nos adivinaron el pensamiento.  Imaginate Nicanor conocer a don Pedro Infante, a don Jorge Negrete, a misiá María Félix, al Trío de los Panchos… tantas cosas bonitas que debe haber allá.
-        Sí mija… pero no se le olvide que muchos de esas personas, talvez todas, ya murieron pero de todas maneras queda su recuerdo y su música que vamos a disfrutar.
-        Pero no se le olvide mijo que pa ir a Méjico hay que volar un rato sobre el mar.
-        Pero por eso no vamos a dejar de ir ¿cierto?
-        ¡Noooo… claro que no.  Que vamos, vamos!
 
Durante un buen rato don Nicanor y doña Cecilia estuvieron contemplando la pared de la sala de su modesta vivienda en donde habían levantado esa familia.  Allí sobre la pared, en una extensión como de 24 metros cuadrados estaban pegadas con puntillas, que dejaron imborrables grietas en el estuco y en la pintura, las 57 fotografías ya amarillentas de su matrimonio, de sus hijos, de sus yernos y nueras, de sus nietecitos adorados más otras cuatro fotografías de sus padres  y sus abuelos, fotos muy deterioradas por los años.
 
Dos días más tarde una alegre caravana de hijos, yernos, nueras y nietos los despidieron en el aeropuerto.  El avión se perdió en lontananza y una que otra furtiva lágrima afloró en los ojos de varios hijos agradecidos.  Por fin los viejos iban a tener unas muy merecidas vacaciones, muy merecidas por cierto.
 
Tres semanas más tarde volvieron al mismo aeropuerto a recibirlos.  Salían y salían pasajeros de la aeronave por la escalerilla y nada que aparecían ni don Nicanor ni doña Cecilia. Los hijos ya empezaban a ponerse nerviosos cuando apareció una especie de telón muy grande que lo fueron sacando trabajosamente los empleados del aeropuerto de ese avión, con ayuda de las azafatas.  Y detrás de esa cosa tan inmensamente grande aparecieron sonrientes don Nicanor y doña Cecilia.
 
La inmensa cosa esa resultó ser un GRANDÍSIMO, ENORME, CATEDRALICIO sombrero charro mejicano, que los esposos habían comprado en la Plaza Garibaldi de Ciudad de Méjico.  Y como lo relataron luego, ríanse ustedes el trabajo tan grande que tuvieron con la línea aérea que no les permitía llevar ese sombrero en la cabina: al fin se transaron con la compra de SEIS TIQUETES, de seis puestos, que ocupaba el sombrerote ese.  Los hijos y familiares “se totiaron de la risa” con ese cuento.  Después de todo eran sus viejos y merecían eso y mucho más.  Tuvieron que utilizar un camioncito de uno de los muchachos para traer ese sombrero a la casa junto con las maletas.
 
Cuando llegaron a la nueva residencia (la sorpresa de sus hijos) se encontraron con alegría con la colección de las 61 fotos que tenían en la vieja casa.  Don Nicanor, sin decir palabra, se subió en una silla y las fue bajando cuidadosamente una a una y cuando terminó pegó un clavo grandísimo como de cuatro pulgadas, el que, al primer martillazo,  hizo soberana grieta en la pared, y colgó ceremoniosamente allí el ENORME, EL GRANDIOSO EL BERRACAMENTE GRANDE SOMBRERO MEJICANO.
 
-        Hijos… este era un deseo secreto que habíamos tenido su amá y yo durante muchos años.  Nos perdonan la exageración pero nos sentimos muy felices con este sombrero ahí. A las foticos les encontramos después un sitio decente para colgarlas.
 
Una ruidosa y larga salva de aplausos rubricó esta ceremonia tan inusual.
 
NOS VIMOS.


(Afortunadamente todavía existen familias así.  La familia es el eje de la sociedad)

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