Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

DESDE WASHINGTON

Por Carlos A. Valencia O.

 

DESDE WASHINGTON (225)
 
Hermosa ciudad de Washington, D.C.  Tuve la oportunidad de andar por sus calles y sus avenidas, visitar sitios de interés como estudiante en la Universidad Georgetown.  Tantos recuerdos hermosos que persisten en mi mente aunque hayan pasado muchos años.  ¿Cómo olvidar el río Potomac que pasaba frente a mi residencia y las tardes sentado en una banca viendo remar, observando turistas desprevenidos y estudiantes afanados?
 
Y vuelvo a encontrarme con estos recuerdos en cada película que veo sobre la ciudad en cine y televisión.  Ahí están esos sitios que visité y admiré: el Monumento a Lincoln, la Izada de bandera en el Monte Suribachi por Marines en la Segunda Guerra mundial, las estatuas de soldados en las guerras de Corea y Vietnam como si fuesen de carne y hueso, la Smithsonian Institution  y el avioncito de metal de un solo motor con el cual Charles Lindbergh cruzó el Atlántico “de un solo tirón”  a principios del siglo XX.  Y cómo olvidar el Cementerio Nacional de Arlington al otro lado del Key Bridge donde reposan los restos de aquellos que defendieron su patria.  Y por último la Casa Blanca, la residencia Presidencial.
 
Y hablando de la Casa Blanca hoy me he encontrado con un programa en televisión sobre espías, sexo y violencia (elementos que no pueden faltar en ninguno de esos novelones).  Tomo asiento frente a mi televisor.  Estoy seguro que me van a meter un montón de mentiras estos guionistas gringos, pero de vez en cuando me encuentro con algo rescatable.  Y me lleno de imágenes y parlamentos.  Dos agentes de la Seguridad del Presidente están hablando dentro de su carro mientras vigilan la residencia de su patrón:
 
-        Oye Pete; parece que hay un traidor en nuestro equipo y no lo hemos podido localizar
-        Quizás utilizando el polígrafo (detector de mentiras) podamos descubrir el culpable.
 
Desde mi punto de vista creo que el programa empezó mal porque por datos que he sabido durante 141 años nunca ha sucedido que un agente de la Seguridad Personal del Presidente haya resultado traidor, porque son elementos muy bien escogidos.  Pero me olvidaba decir que los actores y actrices de esta película son muy conocidos:  Pete (Michael Douglas, ese casado con ese bombón de Catherine Zeta Jones), Frank (Kiefer Sutherland hijo de Donald Sutherland, excelente actor) Sarah Ballantine, la esposa del Presidente (interpretada por otro bombón: Kim Basinger) y de ahí en adelante una lista interminable de extras, desde uno de los cocineros de la Casa Blanca hasta los soplones habituales en estas películas, incluyendo, naturalmente, dos hermosas mujeres de color que fungen como agentes especiales.
 
Pero antes de seguir adelante debo confesar que me admira la forma como los guionistas incluyen en sus narraciones las situaciones extra-maritales de la esposa del Presidente con uno de sus subalternos, el agente Pete.  Eso es muy difícil de aceptar porque en casi todos los países del mundo se respeta mucho la intimidad de sus mandatarios.  Pero como que en los Estados Unidos de América no existen barreras que impidan ese tipo de sindicaciosnes que, aunque ficticias,  me parece que se ven mal.  Pero sigamos con el cuento.
 
En uso de sus funciones, buscando un sospechoso, los dos agentes Pete y Frank entran en una elegante tienda de ropa, de varios niveles y así “sin anestesia ni nada” se arma el tiroteo más berraco entre un tipo de aspecto extranjelro, mal encarado quien asesina a sangre fría como a unos cinco posibles compradores de la tienda y se dá “plomo a la lata” con los dos agentes.  Escapa por la puerta de atrás no sin antes cambiar su chaqueta oscura por una blanca y se coloca una gorra de béisbol color rojo que roba impunemente del mostrador.  Guarda su pistola y se confunde con el resto de los parroquianos que huyen despavoridos.  Los dos agentes secretos se quedan “mirando pal páramo”:
 
-        Llama a la Central y dí que manden refuerzos.
-        Si Pete…  Esto debe ser parte del complot para matar al Señor Presidente.
-        Por eso fue por lo que Mike “Garotto” nos pidió un millón de dólares para contarnos todos los detalles.
-        Y me parece que es el momento oportuno porque mañana hay una reunión de los Presidentes y Primeros Ministros de la Unión Europea junto con nuestro Presidente en Toronto, Canadá.
-        Si… no hay duda de eso.
 
Claro que con todos esos ingredientes tendría que ser muy poco imaginativo el guionista para no escribir una truculenta historia que ponga en peligro a más de un mandatario y que no aproveche a la Primera Dama para incluirla en escarceos amorosos fuera de su cama presidencial.  Y encima de todo eso se incluyen unos cuantos tiroteos, unas tres o cuatro docenas de pescozones, la destrucción de 30 o 40 carros, el incendio de un par de almacenes y el asesinato de 25 o 30 personas inocentes, quienes murieron sin saber qué diablos pasaba. ¡Ave María si tienen material para armar sus fogatas, masacres y peleas.  Y nosotros nos tragamos todo eso!
 
El helicóptero Presidencial llega a Toronto, sale el Señor Presidente de allí, aborda su vehículo al que sigue una interminable hilera de carros de escolta con sus sirenas ululantes, el Señor Presidente entra al Auditorio e inmediatamente le dan la palabra:
 
-        Es muy satisfactorio dirigirme a todos ustedes para transmitirles el pensamiento de mi Gobierno sobre el Compromiso de Tokio para detener el deterioro ambiental.  Es para nosotros imposible firmar este Tratado porque nuestras principales industrias quedarían paralizadas, al cerrar sus hornos y calderas y nos enfrentaríamos a millones de despidos de trabajadores nuestros, lo que pondría a tambalear el Sueño Americano.
 
¡Directo el Señor Presidente ¿no?!  Sin embargo un diluvio ensordecedor de aplausos llena la Asamblea de Toronto, algo que no debe extrañarnos porque los países Europeos son  mucha la basura que tiran al aire, a los ríos y al mar y hasta ahora no se han podido poner de acuerdo sobre el particular.
 
Dejémonos de disquisiciones políticas y volvamos a nuestros Agentes Especiales Pete y Frank quienes reciben por sus celulares la noticia de que el traidor que está planeando el asesinato del Presidente Norteamericano es uno de los guarda-espaldas especiales, un tipo de apellido Monstruos. (¿Cómo fué posible que se les pasara por alto la selección de este tipo cuando lo contrataron con ese apellido?)  Y lo grave de la cosa es que ese tipo es quien está cuidando al Presidente en ese preciso instante:  (¡Esto se está poniendo bueno ¿cierto?!)
 
-        Oye Frank: tú vé por la derecha y yo voy por la izquierda. Hay que detener a ese Monstruos.
-        Ok Pete… Yo te cubro la espalda.
 
Y como si fuese una época de elecciones uno de ellos opta por la izquierda el otro por la derecha para encontrarse en el centro, como cualquier partido político que se irrespete.  Y se arma el tiroteo, y al Presidente lo sacan a empujones para protegerlo y a su lindísima señora esposa también.  Y empiezasn a salir franco-tiradores de todas las escaleras, de todas las ventanas y de todos los huecos posibles que hay en el edificio.  Y aparecen tipos que caen como muñecos desde tres o cuatro pisos de altura.  Y todo el mundo corre y todos gritan órdenes al unísono, hasta que llegan los carros blindados y en un santiamén se llevan al Señor Presidente y a su hermosísima esposa lejos de la linea de fuego.
 
Los jefes de los malos, fanáticos desesperados, aparecen “frentiando” a los Agentes Especiales y rociando metralla a diestra y siniestra.  Pero naturalmente no queda ninguno para contar el cuento o para ser recibido en indagatoria.  ¡Final Felíz!
 
Ahora, para que la película quéde bien contada, falta arreglar el asuntico ese del romance subrepticio entre Pete (Michael Douglas) y Sarah Ballantine (Kim Basinger la esposa del Presidente).  El Patrón decide, para evitar escándalos y “problemas en el establecimiento”, trasladar a su subalterno Pete a otra institución Administrativa BIEN LEJOS de la Casa Blanca y me imagino que vá a administrar una  Finca muy grande de la Secretaría de Agricultura, especializada en ovejas y en marranos, en la Costa Oeste de los Estados Unidos, en el Estado de Washington, muchas millas al norte de la ciudades de Spokane y Seattle, cerca a la frontero con el Canadá.
 
Sólo queda un detallito por resolver: al Señor Presidente se le olvidó que existen los teléfonos celulares y que muchas líneas aéreas vuelan diariamente entre Washington, D.C y el Lejano Oeste Norteamericano.  Eso también podría servir para que los guionistas  se inventen otro cuento más complicado todavía, lo que no es raro en ellos.  Para eso les pagan y muy bien.
 
NOS VIMOS.

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