Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

Evocación de Supermán

Óscar Domínguez G.

Fanático viejo de Supermán, tampoco habría dado un millón de dólares por un ejemplar de la primera historieta del “Hombre de acero”, publicado en 1938.

Ese extraño orgasmo nostálico se lo dejo al anónimo que acaba de adquirir en Nueva York “el Santo Grial” de las tiras cómicas, como lo llamó el responsable de la firma que lo tenía en su poder.

En su momento, les notifique a los realizadores de la última versión de la película sobre Supermán, que no soñaran con mi platica para tratar de reunir los más 200 millones de dólares que necesitaban para que la cinta fuera rentable.

En Estados Unidos, miden el éxito de las películas por la cantidad de millones que  recauden en las primeras funciones.

Poco importa que la película sea buena, regular o pésima. No, señor, lo importante es que deje harta plata.

Me quedo con el viejo Supermán, Clark Kent, el ingenuo  hombre de acero  que jamás fue capaz de cogerle la mano a su novia, la reportera Luisa Lane.

No envidio a la colega Luisa quien nunca dio una chiva. La novia de Clark no le escribía una carta a la mamá.

Ese primer Supermán sí sabía de telas. Con sus poderes enderezaba entuertos que daba miedo. No había pillo por más mala gente que fuera al que el hombre venido del Planeta Criptón no los pusiera tras las rejas.

Como vi las primeras películas de hombre de acero cuando estaba chiquitín, desde entonces quería estudiar, no para doctor, peluquero, inspector de zócalos, abogado, Papa o político:  quería ser Supermán.

Pero una cosa piensa el burro y otro el destino que lo está enjalmando.

No sólo conocí a Supermán en las películas para todos que daban en los cines dominicales. También devoré todas las revistas de aventuras disponibles del criptonítico héroe.

No recuerdo haber leído la historieta que se acaba de vender en un millón de verdes.

 

En esa historia, Supermán levanta un carro y lo estrella contra una pobre roca que no le había hecho nada.

Esas revistas las alquilaban en tiendas de barrio. La semana valía la pena por el domingo, y éste por las tiras cómicas.

Esas lecturas eran lo más parecido a la felicidad.

Un recorderis por el viejo Supermán, que se disputaba el mercado de la lectura de los bajitos con Tarzán, Mandrake el Mago, Dick Tracy, el Fantasma, el Llanero Solitario, el Cisco Kid, Roy Rogers y amiguitos.  Al marrano, con lo que lo crían.
 

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