Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

Contraplano / Javier Hernández cambia de cámaras

 

 

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidc@une.net.co)

 

Figura destacada de la reconocida Escuela de comentaristas deportivos de Manizales, Javier Hernández Bonnet acaba de tomar la decisión más difícil de su vida: cambiar la muy profesional rutina de las cámaras, los reflectores y los micrófonos, que le son tan familiares, por la impredecible actividad política  que le significará un mundo absolutamente nuevo para él, en una época en la que el Congreso Nacional soporta niveles de desprestigio jamás alcanzados en la historia bicentenaria de Colombia.

 

Si las urnas le sonríen el próximo 28 de marzo, el hijo de don Pastor, como lo llamaban en la niñez sus vecinos del Barrio Chipre, quedará convertido a sus 56 años en flamante senador de la república, en representación del partido conservador. Con el paso del tiempo se convencerá, en su mullida curul, de que una sola golondrina no hace verano y que es más gratificante ser padre de los hermanos Hernández (Juan Pablo, Alejandra y Sofía) que padre de la patria.

 

La metamorfosis del Gordo Hernández -–apelativo con el que suelen denominarlo sus colegas de oficio— implicará cambios a granel. Buscará electores, en vez de televidentes. Aprenderá que el costo de una campaña para una curul supera con creces los mil millones de pesos. Los expertos en manzanilla electoral le dirán que requerirá 35.000 votos para asegurar su elección.

 

Su set no estará en los estudios del Canal Caracol, ni en el estadio El Campín,  sino en el recinto del Senado, donde pasará de presentador a presentado, cuando lo ponchen los camarógrafos de Señal Colombia, en una de las tediosas sesiones parlamentarias. Lo suyo, en adelante, no será el balón de los goles “espectaculares” sino las balotas blancas y negras en cada votación.

 

En el Capitolio conocerá en directo la corrupción de carne y hueso.  Se verá las caras con los manipuladores de conciencias, los compradores de votos, los más duchos en componendas y en transfuguismo. Palpará en vivo y en directo prácticas tan perniciosas como el clientelismo, el cabildeo, el manzanillismo, las canonjías y cien etcéteras más mortalmente aburridores.

 

En el hemiciclo senatorial, su nuevo hábitat, ya no dirá “es un placer estar con ustedes” sino “presente”, a la hora de correr lista, para poner en evidencia a los ausentistas. Ah… y lo llamarán ‘doctor’, unos, y ‘honorable’, otros, mientras porte credencial en su bolsillo, devengue dietas por encima de los 20 millones de pesos mensuales y luzca escudo de senador en la solapa del saco.

 

Pasará a diario por molestias como vivir escoltado por guardaespaldas armados hasta los dientes y movilizarse en vehículo blindado, por razones de seguridad. Tener que madrugar a los magros desayunos de las bancadas, en Palacio, para recibir órdenes presidenciales sobre los derroteros a seguir en las sesiones que llegan.

 

Dejarse invitar a cuanto acto social se programe y permitir que le impongan hasta la Orden de la Democracia, distinción que no se le niega a nadie. Soportar la frecuente avalancha de los lagartos disfrazados de lobistas. Y recibir homenajes a granel por haber cambiado las cámaras de televisión por las cámaras legislativas.

 

Ante lo que se le viene encima a Hernández Bonnet, quien ha prometido convertirse en solitario defensor de la desamparada clase media, resultaría útil, práctico y procedente que le dieran un poco de cartilla sobre sus experiencias parlamentarias, entre otras figuras del medio, Alfonso Lizarazo, Edgar Perea, Carlos Muñoz, Edgar Artunduaga, Hugo Patiño y Lucero Cortés, antes del 20 de julio, cuando aspira a estrenar su nuevo modus vivendi.

 

La apostilla: No es por aguarle el sueño senatorial a Hernández Bonnet, pero ojalá tenga un Plan B  para ejecutar en caso de que las urnas le digan no y lo regresen a los goles.

 

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