Sociedad de Mejoras Públicas de Manizales

Contraplano: La tumba olvidada de Ñito Restrepo

 

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidc@une.net.co)

 

En marzo próximo se cumplirán 77 años de la desaparición física del histórico Antonio José Restrepo, el Gran Ñito, de quien han dicho sus biógrafos que fue escuelero en el Suroeste antioqueño; bachiller en Medellín; doctor en Bogotá y embajador en el mundo.

 

 

Sin embargo, como lo peor de la muerte es el olvido, según el Maestro Silvio Villegas, muy pocos colombianos saben dónde descansan las cenizas de este irrepetible exponente de la raza maicera, nacido en Concordia, en 1855, y fallecido en Barcelona, España, en 1933.

 

 

Por su propia iniciativa, el notable escritor boyacense Gustavo Páez Escobar –columnista de El Espectador y del diario digital Eje 21 estrechamente vinculado al Quindío—se aplicó a la tarea de buscar y encontrar la última morada del paisa más emblemático de la tierra de Tomás Carrasquilla, Gregorio Gutiérrez y Epifanio Mejía.

 

La noticia nos llegó a través de esta amable misiva, desde Bogotá, la ciudad de todos:

 

Apreciado Orlando:

 

Localicé la tumba del Ñito Restrepo en el Cementerio Central de Bogotá. Este dato lo encontré en uno de los tres libros publicados entre los años 2003 y 2006 por la Alcaldía Mayor de Bogotá y la Fundación La Candelaria sobre el cementerio bogotano de la calle 26, hoy descontinuado y convertido en una obra cultural.

 

En uno de los libros citados aparece una fotografía de la tumba del Ñito, acompañada de una breve reseña histórica del personaje. Además, se publica un mapa donde se señala el sitio preciso de la tumba. De ambos documentos saqué fotocopias para hacérselas llegar a usted al fax que me indique. Ojalá las autoridades y la gente de Concordia se enteraran de este hecho singular.

 

Cuando usted publicó hace poco una columna sobre el destacado antioqueño y anotó que no se sabía dónde se hallaban sus despojos, recordé que yo, a mi vez, había escrito un artículo sobre él con motivo de los 70 años de su fallecimiento. Y recordaba haber leído en la excelente biografía escrita en 1974 por Alirio Gómez Picón que el presidente Eduardo Santos había organizado el traslado de los restos a la ciudad de Bogotá. Le acompaño mi nota de prensa.

 

Fíjese usted cómo ocurre la historia: hoy en su propio pueblo Concordia es posible que sus autoridades y habitantes ignoren que las ilustres cenizas yacen en el cementerio bogotano, muy lejos de su patria chica. Y quizá sin dolientes que las visiten.

 

Estoy enviando copia de esta misiva a Otto Morales Benítez, que conoce tanta historia grande y menuda de Colombia.

Le envío un cordial abrazo, Gustavo Páez Escobar

 

 

 

Mientras se pronuncian las autoridades de Concordia sobre la propuesta del Maestro Páez Escobar, echémosle un vistazo a la opinión que tenía del doctor Ñito el profesor Baldomero Sanin Cano, hombre de palabra alada:

 

“… Como lector asiduo y admirador documentado de los clásicos españoles, se dejó influir por la forma de algunos de ellos, como Cervantes y Quevedo. Pesan también Gil Blas y acaso los cronistas e historiadores de Indias en el cuerpo de su prosa. Es anticuada muy frecuentemente la frase, y no es difícil dar con el artificio en la manera de expresarse. Influyó también en su manera de escribir Rabelais, por cuyas obras se difundieron su curiosidad y su gusto con marcado afecto. Fue un gran admirador de la literatura francesa y en ella de los hombres que en una forma u otra habían sostenido los ideales de libertad que fueron los primeros de su vida: Lamartine, Víctor Hugo, Paul Louis Courier, Littré, Auguste Barbier, Baudelaire y otros. En suma, fue un talento de capacidades asimilativas sorprendentes, una vocación literaria magnífica, inadecuadamente cultivada, una fácil comprensión y una avasalladora potencia verbal, especialmente en el género oratorio. Hubo alternativas en sus ideas, pero nunca flaqueó su talento”. 

 

La apostilla: El autor del Cancionero de Antioquia fue un genio del chascarrillo. Al enterarse cierto día, en Titiribí, de que algunas parejitas de enamorados se colaban sin permiso, en sus ausencias,  a su pieza  de inquilinato, a darle rienda a su pasión, nuestro trotamundos decidió ponerle candado a la única puerta de su morada.  Dos muchachas que lo vieron instalando las cerraduras le dijeron: “Doctor Ñito, ¿para qué le va a poner candado a su cuarto?… qué le van a sacar de ahí”?… El doctor Restrepo les contestó:...”Señoritas, no es por lo que sacan sino por lo que  meten”…

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